Ella no contestó, pero al sentirse abrazar hizo un violento esfuerzo para desasirse y escondió la cabeza bajo las almohadas. Alfonso, a quien ya no sorprendían aquellos humorismos de su mujer, intentó reconquistarla con lagoterías y discretas razones de amante ducho. Ella mantúvose inexorable. ¡No, aquella vez no le perdonaba aunque se pusiera de rodillas y en cruz!... Vaya, irse y dejarla sola, sabiéndola enferma; ¿cuándo se vió entre buenos enamorados nada igual?... Alfonso sonreía; ella, por fin, abrió los ojos, con los labios y las cejas fruncidas y la expresión agria del muchacho revoltoso que se ha enfadado.

—Ande usted, bicho indómito—exclamó él bromeando y alargando una mano—; bese usted aquí.

—¿Qué hora es?

—No sé; bese usted humildemente aquí y se le contestará.

—He preguntado qué hora es—gritó Consuelo muy irritada—. ¡Jesús, hijo!... ¿Estás sordo?

Alfonso la dió un cachetito en la mejilla y ella se echó a reír: hasta entonces no comprendió que se había irritado un poco sin querer. Sandoval abrió completamente las hojas de madera del balcón, y descorrió las cortinas; la claridad gris de la mañana invadió el dormitorio. Eran las diez.

—No debes levantarte—aconsejó—; llueve y el aire húmedo podría perjudicarte.

Mas ella quiso llevarle la contraria: sí, señor; se levantaría a todo trance, aunque en ello se jugase la vida.

—Es un capricho que merecías pagar caro; tienes los labios fríos, la frente ardiendo...

Consuelo rompió a llorar.