—¡Qué desgraciada soy, qué desgraciada!—repetía—; ¡tampoco quieren dejarme andar tranquila por mi cuarto!...

Preciso fué complacerla: Alfonso cogió una bata y con mil trabajos consiguió que la enferma metiese los brazos por las mangas.

—Corre, muchacha—repetía—; si andas con esa cachaza atraparás un enfriamiento.

—No importa; cuando quise, tú no quisiste; ahora que quieres, no quiero yo. ¡Ea, chúpate ésa; para que aprendas!

Quedóse sentada al borde del lecho, con las ropas medio subidas y las piernas colgando, y una encantadora carita de mal humor. Sandoval acomodóse en el suelo, sobre la alfombra pintarrajeada de negro y amarillo, apercibido a calzarle a su mujer los zapatos: antes de hacerlo la besó los pies, esbozando al mismo tiempo, para obligarla a reír, extravagantes pamplinerías y visajes; después la tomó en brazos y la puso de pie, echándola, para mayor abrigo, un pañuelo de seda por la cabeza y un mantón peludo sobre los hombros. Consuelito Mendoza se acercó a un espejo.

—¡Mala jeta tengo!—exclamó—; me parece que el Día del Juicio no he de tenerla peor. Sí, queridito; voy a morirme muy pronto.

Pasados algunos segundos de autoinspección y religioso recogimiento, acercóse a la ventana con el semblante descompuesto por la fiebre. Del cielo plomizo atravesado por los hilos de una red telefónica, semejante a un pentagrama gigantesco, caía una lluvia fina y compacta; la calle Arenal y parte de la Puerta del Sol, estaban casi desiertas: bajo el balcón, los caballos de los coches de alquiler formados a lo largo de la acera, sacudían sus arreos moviendo resignadamente la cabeza para quitarse el agua que les corría orejas adentro; mientras, los cocheros, envueltos en sus viejos capotones de pardo paño, cabeceaban soñolientos bajo sus paraguas de algodón. Consuelo seguía ensimismada, mirando hacia afuera, los ojos medio cerrados, como meciendo su alma en brazos del ensueño: luego sus labios se agitaron y palideció intensamente. Sandoval corrió a ella.

—¿Te sientes peor?—inquirió solícito—. ¿Quieres acostarte?

Hizo ella un signo afirmativo, y él, cogiéndola entre sus brazos robustos, la volvió al lecho sin esfuerzo, ensabanándola después con cariño y compasión maternales. Transcurrieron quince o veinte minutos. El calorcillo reparador de los cobertores fué disipando el malestar de la mimada y su semblante picaresco tornó a sonreír sobre el embozo.

—¡Hola, mosquita—exclamó Alfonso—, parece que vuelves a la vida!... ¿Reconoces ya cómo tu empeño de levantarte era un disparate?