—Pero ya estoy tan famosa.
—Gracias a mí.
—Y a mí, que soy de buena madera.
—El refrán lo dijo: bicho malo...
—Bien podías—repuso ella—contarme un cuento.
—¡Un cuento!... ¡lindo compromiso!...
Sabía muchos, pues era gran aficionado a leer, y cuando no recordaba ninguno los inventaba sobre la marcha, poquito a poco, según hablaba, de suerte que en una inmensa mayoría de casos estaba tan ignorante del desenlace de la narración como su auditorio. Esto hacía que los cuentos fuesen unas veces cortos y otras excesivamente largos, según el ingenio y la vena del narrador. En aquella ocasión, teniendo la memoria vacía de argumentos, empezó a inventar uno. Reducíase éste a la prolija enumeración de las aventuras, malandanzas y pesadumbres sufridas por tres soldados ingleses a quienes apresaron los salvajes habitantes de un país que, desde luego, suponíase clavado en el corazón del africano continente. Las primeras peripecias ocurrían a orillas de un lago rodeado de selvas vírgenes impenetrables, a la puesta del sol, hora precisa en que los elefantes, hipopótamos, cocodrilos y demás respetables huéspedes del bosque, iban a refocilarse remojando sus cuerpos en las verdosas aguas del pantano, y en que las manadas de leones hambrientos acechaban en los claros del bosque la llegada de las tímidas jirafas.
Estas relaciones infantiles, soporíferas de puro inverosímiles, transportaban a Consuelito Mendoza a un mundo de aventuras y desatinos del cual no quería volver; siendo lo más chistoso que si no la petaba el hilo del cuento ella misma se erigía en autora y lo modificaba: este episodio no estaba bien y convenía suprimirlo, o buscar otro, pues de lo contrario se negaba a seguir escuchando: también los personajes habían de llevar nombres simpáticos...
Aquella vez Sandoval, a costa de esfuerzos mentales inimaginables, consiguió urdir una fábula de bastante interés, bautizó bien sus héroes, supo elegir episodios y arribó con toda felicidad y gallardía al término de su relato después de hablar sin interrupción más de una hora; él mismo quedó admirado de su locuacidad y fértil ingenio de cuentista, y Consuelo Mendoza, que compartía su sorpresa, permaneció silenciosa, saboreando las escenas oídas. Cuando llegó la hora de almorzar la joven obligó a Alfonso a comer allí, pues no quería quedarse sola: él accedió. El resto de la tarde lo pasaron sin salir del cuarto, refiriendo cuentos y tarareando aires populares y trozos de ópera al compás de una guitarra que Alfonso solía pulsar medianamente. Habían dado órdenes terminantes a las criadas de no recibir a nadie, y siempre que sonaba el timbre de la escalera, Consuelo se incorporaba, procurando conocer por la voz a la persona que llegaba. Después, al oír que el importuno se iba, dejábase caer en el lecho retorciéndose de risa.
—¡Qué cara llevará!—decía—; el muy tontísimo vendría aterido y calado hasta los calzoncillos pensando rejuvenecerse al amor de la chimenea, de los pasteles y de las copitas de Jerez. ¡Pues, hijo, límpiate por hoy!... Así te caigas al salir de aquí y llegues a tu casa embarrado y hecho un adefesio, y los porteros no quieran dejarte pasar... Y, ¿qué más diré?... Que encuentres la sopa fría, y tu mujer te arañe...