—No.
—Fíjate; esta frente...
—¡Ah! sí... esa frente...
—Estos ojos...
—Sí, sí... esos ojos... esos ojos...
Su voz tenía la languidez y el misterio vago de los ecos...
—Soy Montánchez; ¿qué te parezco?
—¡Ah, sí!... Veo una sombra, un bulto... parece un hombre; sí, es pequeñito, tiene la cara afeitada y los mofletes muy encendidos... ¿será el espectro de tafetán verde?... ¡Qué daño me hace ese color!...
—No es el muñeco de tafetán, no...
—¡Dice que no es el muñeco de tafetán!—repuso la joven perpleja.