—Soy Montánchez.
Consuelo retrocedió cubriéndose el rostro con un pañuelo.
—¡Qué miedo!—dijo—; ¡oh, yo no sabía quién era usted!... Pero sí, esa es su voz... sí, ya veo su cara y sus manos... ya le veo... Me da usted mucho miedo, no puedo remediarlo... lo siento mucho, y, sin embargo, hay en mí algo que me incita a huir de usted... Por eso le ruego que no me haga daño nunca, ni a mi marido tampoco; Alfonso le quiere a usted mucho...
Mientras hablaba fué retrocediendo hasta tropezar con la pared, y allí permaneció extendiendo las manos hacia adelante como para rechazar una agresión.
—Usted es el hombre de los brazos negros que quiso sujetarme una noche y me besó estando ensayando conmigo una ópera... una ópera, sí... ahora recuerdo... una ópera que no sé cómo se llama...
Alfonso miró a Montánchez.
—¡Es singular!—murmuró.
—Y tanto...—repuso Gabriel cual saliendo de un sueño.
—¡No le quiero, no puedo verle, suélteme usted, me ahogo!... ¡¡Alfonso, Alfonso!!...—gritó Consuelo luchando por desasirse de un abrazo invisible.
Cuando el sueño magnético desapareció y Consuelo supo lo que acababan de hacer con ella, se fué a la cama llorando y diciendo que tenía el cuerpo molido.