Bien pronto se redujeron aquellos tratamientos sugestivos a dos curas semanales, pues la enferma pareció hallar desde las primeras curas notable mejoría, y Montánchez no quiso abusar del hipnotismo por no desvirtuar su acción.

El carácter de la joven se regularizó levemente y fué más sostenido, uniforme y consecuente, ofreciendo alegrías motivadas y lágrimas razonables; era, pues, seguro que la enfermedad retrocedía.

Una tarde Consuelito Mendoza, hallándose en el comedor, recibió la visita de Montánchez.

—Sandoval ha salido hace un momento—dijo la joven—, pero si desea verle puede buscarle en el casino.

El médico pareció muy contrariado.

—Siento no encontrarle aquí—repuso—, porque ir al casino es exponerme a soportar el insípido saludo de personas a quienes apenas conozco, y a las cuales mi salud no interesa...

Consuelo se encogió de hombros tímidamente, no teniendo nada que agregar a lo ya dicho.

—¿Quiere usted que vayan a buscarle?—preguntó súbitamente.

—¡Oh, no... no merece la pena!

—Sí, sí... eso es lo mejor, irán en seguida...