—No, de ningún modo, no se moleste usted; iré yo a buscarle.
Consuelo volvió a sentarse, recogió su labor, que había caído al suelo, y cruzó las manos sobre la falda; parecía inquieta, como si ya sintiera el influjo de un flúido extraño y molesto. Hubo algunos minutos de silencio durante los cuales el médico examinaba atentamente a su interlocutora, y ésta, sin atreverse a levantar la vista del suelo, se rebullía desasosegada en su asiento. Luego recordó que tenía que ordenar a la criada algo importante...
Quiso incorporarse, y al levantar la cabeza sus ojos vieron los de Montánchez que la miraban con frialdad y sañuda dureza.
No tuvo valor ni alientos para moverse y volvió a sentarse, acongojada.
—¡Ay—balbuceó entre dientes—; no puedo!...
Después empezó a temblar.
—¿Qué tiene usted?—preguntó Gabriel.
—Nada... mucho frío.
—Señora, veo con dolor que está usted tiritando de miedo; si soy causa de ese malestar la ruego me lo diga para retirarme inmediatamente, pues todo pretendo menos incomodarla; si no soy responsable de ese daño, dígamelo también para mi sosiego.
—No, señor; es que me atortolo sin motivo; ya sabe usted, los nervios...