—Pero, suponiendo que esto carezca de importancia, ¿no abusaré de su bondad rogándola me otorgue un rato de conversación?

—No, señor... de ningún modo...

Pronunció estas palabras desmayadamente, maldiciendo de sus piernas que se negaban a sostenerla.

—Yo vine esta tarde—continuó Montánchez—creyendo hallar a Alfonso y con el único objeto de divertir un rato agradablemente. ¡Estaba tan solo en mi casa, tan triste, tan aburrido con mis libros y mis retortas!... que todo, hasta mi máquina de electricidad, lo hubiera dado por tener un amigo verdadero con quien hablar. En busca de ese rato de plática sabrosa, de confianza y abandono, he venido; mi mala estrella quiere que no encuentre a Alfonso, pero como hace tiempo que nos conocemos me he atrevido a quedarme. ¿Hice mal?... responda usted francamente.

—No, señor... ¿por qué?...

—Consuelo—prosiguió el médico acercando su silla a la joven—, ¿usted y yo somos amigos?

—¡Oh, amigos!...

—Sí, amigos; ¿usted cree que es amiga mía?

—Sí... ¿por qué no?

—¡Es extraño su modo de responderme! Siempre acaba usted lo que dice con una interrogación que desvirtúa lo que afirma o niega al principio. Yo pregunto si somos o no amigos, y usted contesta: “¿por qué no hemos de serlo?”... Pues, eso digo yo: ¿por qué no lo somos?