—No le entiendo... no comprendo bien...

—Consuelo—agregó Gabriel con acento insinuante—, hace tiempo que me examino y no me reconozco, pues en menos de un año parece que una mano invisible y bienhechora fué quitándome de encima los siete años que más pesan sobre mi conciencia. Cuando huí de Madrid para abandonarme al mundo de los lances imprevistos, era como usted: noble, leal, ingenuo, sin malos pensamientos ni pasiones bastardas, todo corazón y buena fe... La lucha por la vida, que según el parecer de los sabios selecciona el cuerpo, sólo sirve para endurecer el espíritu, y el mío perdió cuantos gérmenes bondadosos puso en él mi madre. Pero he sufrido mucho, he recibido grandes traiciones, me han apuñalado cobardemente por la espalda, me han engañado muchas veces, y eso me disculpa... Pues aunque a Cristo le dictase otras máximas su divina bondad, todos, cuando somos escarnecidos por los mismos infames que nos ofendieron, sentimos la necesidad de devolverles afrenta por afrenta... y aun derramar la sangre de los hijos cuando no podernos verter la de los padres... Hastiado de la vida huí del mundo, y en la ciencia y el estudio busqué tranquilidad para mi alma. Usted, mejor que nadie, sabe que vivo, solo, como un faisán; para el vulgo imbécil soy un sabio que no morirá sin descubrir la cuadratura del círculo, la dirección de los globos o el movimiento continuo; para los escritores, uno de tantos amantes de la gloria que moriría feliz sabiendo que en la casa mortuoria habían de poner después la lápida conmemorativa de su nombre; para mi portera, que conoce algunas particularidades de mi vida íntima, un monomaníaco; para muchos, un criminal cargado de remordimientos, que vive solo para que nadie le oiga delirar por las noches... ¡entre los últimos está usted!...

Consuelo lanzó un quejido.

—¿Pero qué pretende usted de mí?—dijo—; yo sólo sé que le temo; que ese miedo me lo infundió desde la primera vez que le vi, y que luego esta aprensión o esta locura mía fue aumentando inmotivadamente.

—¿La ofendí alguna vez? ¿La he molestado en algo?...

—No, no, señor—repuso Consuelo con súbita energía—; pero comprendo que tiene usted una voluntad de acero y que esa voluntad podría ahogarme si usted quisiera... Yo sólo presiento la proximidad de mi marido y la de usted; a Alfonso le adivino porque deseos extraños de cantar y de reír me anuncian su llegada; y a usted... por un malestar, una opresión misteriosa, asfixiante, que me obliga a bajar los ojos...

Y agregó vivamente y sonriendo:

—Es usted simpático y guapo, a mi marido se lo dije muchas veces... pero tiene usted la hermosura del león o del tigre, y como además posee usted talento, le creo doblemente peligroso...

Calló y se puso otra vez seria, temiendo haber hablado más de lo justo, y sin atreverse a dar por terminada la entrevista.

—Usted lo dice—exclamó Montánchez—; parezco un criminal, una fiera... y, claro, huye usted de mí... Esas apariencias que no adivino de dónde nacieron son las que pretendo destruir. Hace una semana, estando dormida, confesó usted que me odiaba, que no podía verme sosegadamente, que yo era un malvado...