—¡Oh, si eso es cierto, crea usted que hablé sin conciencia de lo que decía—interrumpió Consuelo juntando las manos suplicante—, y sin deseo de ofenderle!...

—Haré lo posible por complacerla—respondió Gabriel fríamente.

Los ojos de Consuelito Mendoza se llenaron de lágrimas. El médico continuó:

—Pero esas son impertinencias de enfermo en las cuales no me fijo; no pienso recriminarla por la antipatía que me tiene; sí solicitar su perdón y su amistad. ¿Puedo esperar ambos favores?

—Sí—repuso ella con la angustia de quien está en el tormento.

—¿No me engaña usted?

—No, no le engaño.

—¡Ay!... ¡Sería tan feliz si usted me quisiera un poco!...

—Le dije que soy su amiga, ¿qué más pretende usted?...

—Que esas palabras las dicte su corazón, no su miedo.