—¿Y si te mueres?

—Si me muero, mejor, en paz, así descansaremos todos; tú te distraes con otra... ¡y tal día hizo un año!...

En semanas sucesivas Consuelito Mendoza continuó mostrándose insensible a los ruegos de Sandoval y acabó por declararse francamente en rebeldía. Ella tenía sus razones para obrar así.

Recordaba el cambio de costumbre que Montánchez introdujo en su manera de vivir, sus frecuentes visitas, sus miradas de fuego, sus conversaciones y la tarde en que estuvo departiendo con ella a solas. Hasta entonces le temió sin motivo ninguno, pero después sintió hacia él terror razonado y repugnancia invencibles.

Gabriel Montánchez era el hombre misterioso que fue infiltrándose poco a poco en el seno de su hogar, antes tan tranquilo: Montánchez era el espectro de todas sus pesadillas, el monigote de bayeta verde que quiso besarla en un palco y la acariciaba con sus manos de nieve; el que procuró abrazarla otra noche en que ella se murió por satisfacer el capricho de saber lo que sucedería en su entierro; la sombra del crimen y del adulterio que la acosaba desde hacía muchos meses; el fantasma que antes sólo la persiguió en sueños y que ahora pretendía tejer con ella en la realidad un idilio horrible.

Consuelo Mendoza reconocía la belleza física del médico, su talento, su educación esmerada, su elegancia y su valor; pero creía que aquella hermosa apariencia era la máscara de una íntima y repugnante podredumbre. Su amabilidad era fingimiento; su misantropía, la del hombre hastiado que no se divierte porque está ahito de placeres y ya no le quedan fuerzas para seguir pecando; su valor, la crueldad del bandido avezado al crimen; su talento y su hermosura, las del ángel caído. Y aquel hombre era quien, invocando sus tristezas y soledades de soltero, fué a pedirla un poco de amistad; ¿para qué?... ¿Qué necesidad tenía de que ella fuese amiga suya? ¿No vivieron separados hasta entonces?... Y si esto era cierto, ¿cómo explicar aquellas debilidades y aquellos arranques de ternura en un hombre tan esquivo y dueño de sí mismo?...

Consuelo discurrió largamente a solas acerca de los incidentes de su conversación con el médico, recordando sus palabras, sus preguntas llenas de miel, sus frases saturadas de fuego de amor.

Gabriel estaba enamorado de ella; el hielo se había derretido; el corazón, embotado por los desengaños y los abusos, renacía a la vida del placer; el hombre sesudo de ahora se transformaba por ensalmo en el fogoso aventurero de antaño; aquel volcán dormido bajo su capa de nieve, despertaba. Las figuras del escritor y del sabio se obscurecían ante la del calavera desertor de las tropas argelinas. Y aquel hombre, poderoso y atrayente como un héroe legendario, la había declarado su amor con los ojos, con sus ademanes, casi con los labios, la tarde en que estuvo mendigando de ella un poco de amistad: y la fascinaba como al pajarillo la serpiente cazadora, y la aturdía con su conversación apasionada y la dormía mirándola...

Pero lo que más sorprendió a Consuelo fué no haber sospechado antes la existencia de una pasión que indudablemente era ya antigua, puesto que Gabriel no podía disimularla más tiempo, y empezaba a insinuarse a despecho de todas las conveniencias, y el apoyo que inconscientemente prestaba Alfonso a las torpes cábalas de su enemigo.

Meditó mucho acerca de aquel período de su vida que parecía llamado a formar el nudo de una novela, en su enfermedad, en sus ataques de histerismo, en su carácter caprichoso merced al cual nadie apreciaba seriamente sus deseos; en la estrecha amistad que unía a su marido con el médico, en la prodigiosa facilidad con que éste la dormía, en sus primeras insinuaciones, y, finalmente, en aquella vida mundana a que querían acostumbrarla, y en favor de la cual Alfonso abogaba continuamente. En toda esta serie de pequeñas circunstancias que parecían dispuestas por un genio infernal, creía entrever Consuelo la mano oculta del Destino que la separaba de sus deberes para entregarla indefensa al individuo que tanto temía.