Con los primeros fríos otoñales readquirió Madrid su fisonomía habitual; las calles y los cafés se llenaron de gente, enmudecieron los Jardines del Buen Retiro, se cerraron los circos, y los teatros de invierno abrieron de nuevo sus puertas.

Entonces Alfonso Sandoval procuró nuevamente convencer a Consuelo de que “en la emancipación moral radicaba el secreto de sus padecimientos y de su curación, y que para libertarse moralmente no había medio más eficaz ni divertido que el de andar sola, acostumbrándose a discurrir con su cabeza y a moverse por sí misma...”

Mas ella se mantuvo inflexible: iría, sí, de paseo, al teatro, a cualquier parte, pero siempre que fuese con su marido; sola, nunca.

—Bueno—dijo al fin Sandoval, creyendo que por la vía diplomática adelantaría más—; estoy conforme contigo; nos divertiremos juntos, pero concédeme permiso para que Montánchez empiece a curarte como antes.

—¡Tampoco, tampoco—gritó Consuelo—, no quiero nada que venga de manos de ese hombre, ni saber siquiera que vive en este mundo! Además, cuando yo me niego a complacerte, mis razones tendré.

—¿Qué razones, ni qué pájaros fritos?...

—Está bien.

—Tú no tienes razones, sólo tienes caprichos.

—Eso es lo que ignoras... y haces mal en tratarme así, pero muy mal... cuando sabes que mi único defecto es quererte más que a las niñas de mis ojos...

—No importa, te trato con dureza porque va en ello tu salud.