—Pues, si me muero, mejor; ea, ya lo he dicho otras veces; me entierras o me tiras en mitad del regajo, que no faltará quien cuide de recogerme cuando empiece a oler mal... Y, ¡tal día hizo un año que aquella mártir empezó a mascar tierra!...

Sandoval se empeñó en averiguar el origen de la aversión que Consuelo sentía hacia Montánchez, pero la joven se negó a responder explícitamente.

—No me atormentes con más preguntas—agregó—, porque ni puedo ni sé decirte más de lo dicho; Gabriel es fino, elegante, tiene talento y gracia innegables; es hasta bueno... Pero, chico, me revienta, no puedo soportarle, parece que cuando viene a visitarnos se me sienta en la boca del estómago y ahí permanece hasta marcharse.

—Como sigas dando rienda suelta a esas humoradas—dijo Sandoval—, cualquiera mañana despiertas convencida de que ya no puedes aguantarme y me dices sencillamente: “Querido, en esta casa sobra uno, y eres tú; conque coge el sombrero y vete, que la puerta no está cerrada con llave”.

—Y cualquiera mañanita lo hago.

—Ya digo que no me cogería de susto.

—Lo que debíamos hacer—repuso Consuelo conciliadora—era salir de Madrid, emprender un viaje largo por España o por Europa, recorrer muchas tierras y enterarnos de cómo está el mundo. ¡Eso sí que me gustaría a mí, viajar!... ¡Tengo tantos deseos de ver Granada!... ¿No dices que necesito mucha distracción?... pues, mira: nada mejor que amanecer hoy aquí y acostarme sesenta leguas más allá. ¡Visitar Roma, Nápoles, Venecia, París... especialmente París!...

—¡Eche usted tierras!

—Mas, en fin: me es indiferente ir a un sitio o a otro, llegar a Londres o no pasar del Escorial; lo único que deseo ardientemente es salir de Madrid, a ver si durante nuestra ausencia me curo, o la sociedad que ahora conocemos, cambia. Nos vamos a cualquiera parte, a Málaga, a Valencia... o a uno de esos villorrios que, por sobradamente pequeños, no aparecen consignados en ninguna carta geográfica: lo importante es que nadie sepa de nosotros, que nos crean viajando por el extranjero... Di, ¿te parece bien mi idea?... ¿No te agradaría vivir fuera de Madrid un par de añitos?... Me es indiferente el nombre y situación del retiro que elijamos, por aquello de que quien se ahoga no mira el agua que bebe, y porque, teniéndote a mi lado y estando persuadida de que ningún mal nos amenazaba, todos me parecerían igualmente seductores. Habla: ¿me complacerás? Ese viaje me haría infinito bien, los desarreglos de esta cabecita y de este corazón se curarían y ¡quién sabe!...—añadió poniéndose un poco colorada—, si se realizarían nuestros deseos de tener un hijo...

Alfonso sonrió.