—Eres una tunantuela con mucho jarabe en el pico: tú quieres salir de Madrid no para ver mundo, sino para estar lejos de Montánchez...
—Precisamente.
—¿Y por huir de un hombre que hasta ahora no nos ha hecho ningún daño, y que se guardaría de hacerlo, porque para eso vivo yo, vamos a salir de aquí punto menos que huídos y renunciando al bienestar de que ahora disfrutamos?
—Sí, Alfonso, ¿qué quieres?... ese hombre me asusta... Todas las leguas que pongamos entre él y yo, son necesarias.
Alfonso Sandoval tardó poco en decidirse a emprender aquel largo éxodo: a él también le agradaba dar otro paseíto por Europa, ya que ni la juventud, ni el buen humor, ni el dinero le faltaban. Resolvieron, por tanto, que pasado el invierno saldrían de Madrid para Italia, pasarían un mes en Roma, invertirían otros dos recorriendo Nápoles y Venecia, y al empezar la estación veraniega irían a instalarse en los alrededores de París, allí donde pudiesen gozar simultáneamente de la tranquilidad y comodidades del campo y del bullicio de la gran ciudad. Entretanto su cuartito de la calle Arenal seguiría como hasta entonces: dejarían los armarios bien perfumados con alcanfor para que la polilla no hiciese de las suyas en las ropas; cerrarían las persianas de los balcones para que la luz no deteriorase el color de las alfombras, y con estas precauciones y las limpiezas que de vez en cuando hiciese la cocinera, que sería la persona encargada de quedarse con la llave del cuarto, todo estaba arreglado.
Los fríos y las humedades de octubre influyeron perjudicialmente en la salud de Consuelo Mendoza: los días lluviosos la inspiraban tristeza mortal; sus ojos se llenaban de lágrimas, no podía respirar, el corazón la dolía como si se lo apretasen con un nudo corredizo y sufría accesos de fiebre y dolores neurálgicos.
—Parece—decía explicando su enfermedad—, que están metiéndome una barrena de sien a sien, y siento un objeto muy duro y muy frío que gira en mi cabeza como queriendo rompérmela en dos pedazos.
Una tarde de tormenta produjo en ella un violentísimo ataque histérico; era el primero que sufría después de los baños.
Las sacudidas nerviosas fueron terribles, y Sandoval, que estaba solo con ella, tuvo que apelar a todo su brío y coraje para sujetarla y evitar que se destrozase la cabeza contra los pilares de la cama. Como siempre, la enferma fué insensible a las exhortaciones de su marido, y el ruido de la lluvia que chocaba contra los cristales del mirador y los silbidos del viento tampoco la impresionaron. Pero los fenómenos eléctricos de la tormenta la produjeron angustias mortales; la vívida luz de los relámpagos, a pesar de ser casi imperceptible dentro de la alcoba, la hacía parpadear fuertemente. Entonces lanzaba un grito, un grito horrible, como si el rayo la hubiese herido en la frente, y al pavoroso fragor del trueno respondía con salvajes alaridos: su boca se llenaba de grandes espumarajos pegajosos que no podía escupir, y en su semblante, tan pronto contraído por el gesto del miedo como por el de la ira, empezaban a manifestarse síntomas de asfixia. Dejaba de alentar, sus mejillas se coloreaban de sangre, sus pupilas se dilataban bajo sus párpados cerrados, hinchábanse las venas de su cuello, inclinaba la cabeza sobre el pecho apretándose furiosamente la garganta con la mandíbula inferior, y de su pecho salía un ruido ronco, inarticulado, como el último estertor de los moribundos. Los efectos de la asfixia aumentaban rápidamente y su cuerpo se doblaba como el arco de un violín; hincaba la nuca sobre la almohada y los talones en el colchón, e iba arqueándose poco a poco hacia arriba, formando con el cuerpo un puente, mientras sus brazos permanecían fuertemente unidos a los costados; después, cuando la contracción histérica alcanzaba su mayor intensidad, daba un grito formidable seguido de grandes silbidos causados por el aire al penetrar violentamente en los pulmones, y caía desmadejada sobre el lecho, como si careciese de coyunturas y sus brazos y piernas pudieran doblegarse lo mismo en un sentido que en otro. Luego suspiraba profundamente, entreabría los párpados, bebía algunos sorbos de agua y quedaba tranquila.
Aquel ataque fué seguido de otros muchos: rara era la semana en que Alfonso no tenía que deplorar algún nuevo accidente: un cambio de temperatura, una escena desagradable o la opresión del corsé, ponían a Consuelo repentinamente enferma; otras veces, sin causa ninguna justificativa, empezaba a sentirse muy triste, muy acongojada por una pena sin nombre, y, como no podía llorar y desahogarse, sobrevenía la crisis inmediatamente. Sandoval recurrió una vez más a Montánchez, solicitando de su experiencia nuevos consejos.