—No puedo añadir nada a lo que ya sabes—dijo Gabriel—, es necesario dominar a Consuelo, rendirla, esclavizarla...
—Pero, si no puedo, si te odia con sus cinco sentidos, con toda su alma, con todos sus nervios...
—¡Me odia!...—repuso Gabriel fríamente—, ¡ya lo sé!... y por algo te dije que ese odio dificultaría mi gestión. Ese odio me abruma, soy impotente para luchar con él, no sé cómo vencerlo... y, sin embargo, hay que dominarlo, es indispensable, absolutamente indispensable...
—Pues, chico, no quiere.
—¡Pues, aunque no quiera!—exclamó Montánchez con arrebato—, en uno de esos ataques puede sobrevenir la ruptura de la aorta y morirse... Ya ves, estamos jugándonos su vida, que es preciosa, y debemos disputársela a la muerte con energía y por cuantos medios sean oportunos; yo estoy resuelto a todo; ahora, quien tiene que decidirse eres tú...
VI
Gabriel Montánchez acompañó a su amigo hasta el recibimiento y luego volvió a su laboratorio a continuar un experimento que la inesperada visita de Sandoval había interrumpido.
Montánchez vestía su ropa de trabajo: una dulleta con el cuello y las bocamangas de piel, y un gorro colorado adornado por una larga borla de seda negra.
Las hojas de madera de los balcones estaban cerradas, según costumbre, y las cortinas corridas; sobre la mesa de escribir lucía un gran quinqué con depósito de cristal y pantalla verde, que sólo iluminaba la parte inferior de la habitación, dejando la mitad superior de los armarios, el cuadro de Cleopatra y las sangrientas figuras de los atlas anatómicos, envueltos en sombras.
A pocos pasos delante de Montánchez había una mesita pequeña, con piedra de mármol, y sobre ella un gato, víctima inocente sacrificada por la ciencia en aras del progreso.