El animalito se hallaba tendido boca arriba, sujeto a la mesa por una correa que le pasaba por mitad del cuerpo y con las manos y las patas hábilmente atadas por fuertes ligaduras, que le impedían todo movimiento, excepto los respiratorios.
Montánchez quería comprobar la posibilidad de contener la vida psíquica en una cabeza separada del tronco. Muchas veces lo había intentado y jamás sus investigaciones le satisficieron. El primer gato que utilizó para esto murió medio minuto después de la decapitación, sin darle tiempo a someterlo a la circulación artificial; la segunda víctima sacrificada fué un conejo, que también sucumbió a los dolores prematuramente, y las sucesivas experiencias tampoco dieron mejores resultados.
La operación era difícil y exigía una habilidad de manos y un golpe de vista perfectos para aprovechar los segundos y establecer la circulación mecánica antes de que la muerte sobreviniese. Junto a la mesita de operaciones estaba un aparatito semejante al usado por Schiff en sus curiosos experimentos, y al cual Gabriel Montánchez agregó ciertos detalles que omitió su inventor, y que él estimaba esenciales.
Era un aparato de aspecto irregular, formado por dos depósitos: uno grande, cuya mitad inferior era de metal y estaba destinado a recibir el calor de un reverbero, y otro más pequeño de cristal, puesto en comunicación con el primero por un tubito casi capilar de vidrio. En el receptáculo mayor se ponía la sangre ya desfibrinada, para que no se solidificara al contacto del aire e imposibilitase la operación; la sangre, sometida a la presión de un émbolo de “caoutchouc” que el operador podía elevar o deprimir según estimase oportuno, ascendía por el tubito capilar a la otra esfera y desde allí pasaba a cuatro conductos muy delgados destinados a enchufarse en las yugulares y arterias carótidas y vertebrales de la cabeza, y mantener en ésta la circulación.
Montánchez encendió el reverbero, y esperó a que un termómetro colocado dentro de la vasija mayor, y cuyo depósito de mercurio estaba sumergido en la sangre, marcase cierta temperatura, y en seguida, valiéndose de un bisturí muy cortante, cercenó con dos golpes la cabeza del animal, procediendo inmediatamente con singular destreza y sangre fría a atar con hilo encerado las venas, que no podían relacionarse con los tubos del aparato, para evitar por ellas la hemorragia, y luego de poner éstos en comunicación con las yugulares, vertebrales y carótidas, colocó bajo la mesita un vaso de porcelana destinado a recibir la sangre, que en abundancia manaba del cuello cortado, apoyó una mano sobre el émbolo y empezó a imprimirle un movimiento acompasado y lento, procurando que fuesen idénticos en intensidad y rapidez a las palpitaciones del corazón.
La cabeza del gato, fuertemente sujeta a la mesa por una correa y comunicando solamente con el resto del cuerpo por los nervios y ligamentos espinales, después de algunas contorsiones agónicas que sucedieron a la decapitación, cerró los ojos y quedó insensible, cual si la muerte se hubiese apoderado de ella. Pero así que los movimientos del aparato ingirieron parte de la sangre desfibrinada restableciendo la circulación craneal, la vida reapareció en todos los órganos: abrió la boca y agitó varias veces la lengua, queriendo expresar con mayidos los dolores del suplicio; pero los pulmones faltaban y la laringe no pudo articular sonido ninguno; también abrió los ojos y sus pupilas rodaron en todos sentidos quedando fijas en el médico, y mirándole permanecieron inmóviles.
Montánchez, satisfecho del sesgo que adquiría la operación, se recostó en el sillón y, extendiendo la mano, hizo girar un sistema de dos cristales de aumento colocados encima de la mesa sobre un soporte metálico.
La luz del quinqué atravesó la primer lente, y el rayo luminoso, ya reforzado por la potencia concentrativa del cristal, atravesó el segundo, yendo a proyectarse sobre los ojos del animal decapitado. Aquél era el objeto único del difícil experimento, pues había de demostrar la existencia o ausencia de la vida psíquica en la cabeza amputada.
Montánchez se inclinó hacia delante anhelando ver comprobadas sus teorías acerca de las fuentes de las vidas orgánicas y pensantes. Al caer el haz de rayos luminosos sobre los ojos del gato, los párpados, hasta entonces inmóviles, se contrajeron violentamente, y el médico, que antes de hacer girar los lentes reflectores palideció de ansiedad, tornó a palidecer de alegría; aquello era lo que él buscaba, lo que tantas veces afirmó antes de poder comprobarlo por sí mismo.
La vida intelectual, como la física, depende exclusivamente de la circulación sanguínea, tanto, que el órgano donde ésta se mantuviese con perfecta regularidad, podría vivir y desarrollarse separado del cuerpo.