El movimiento producido por el rayo de luz en los ojos del gato, pertenecía al orden de los movimientos llamados reflejos, pues implicaba acción y reacción nerviosa: acción directa o sea transmisión de la impresión visual por los nervios centrípetos a los tálamos ópticos, y reacción instintiva o voluntaria a lo largo de los nervios centrífugos desde los tálamos ópticos a los músculos constrictores del ojo, que eran los que inmediatamente determinaron la contracción de los párpados. Se trataba, por tanto, de un fenómeno nervioso perfecto.
La sensación de dolor causada en la retina por la luz del quinqué, determinó un movimiento puramente físico que hirió al nervio óptico y se transmitió al cerebro; y luego esta conmoción física engendró otra de un orden reflejo o psíquico, que partía del centro a la periferia implicando la existencia de un entendimiento que comprende dónde están el peligro y el dolor, y de una voluntad ordenadora que cierra los párpados para impedir que la luz mortifique la retina.
Gabriel Montánchez apartó dos o tres veces el haz luminoso de los ojos del animal para volver a dirigirlo sobre ellos, y siempre obtuvo el mismo feliz resultado.
—¡Ya está, ya conseguí lo que deseaba, ya llegué adonde me propuse llegar!—exclamó en voz alta—. Lo sé todo: sé cómo nace el pensamiento, cómo vibran los nervios, cómo se engendra el deleite en la médula espinal... Los hombres son cadáveres galvanizados que van pudriéndose poco a poco: somos una cloaca en que diariamente se disgrega lo que ingerimos en ella por la boca; cuando la bala de un revólver o la hoja de un cuchillo rompe las paredes de esa gran retorta, llena de substancias putrefactas, todo ha concluído, y la última idea, la última aspiración de la materia, sucumben con la última contracción nerviosa. No hay alma, no hay espíritu, no hay en nosotros nada que recuerde lo eterno. ¡Horrible verdad!... Saber que sólo tenemos huesos, carne, nervios y cartílagos, materia frágil que se pudre sin cesar... Y, sin embargo, fuerza es resignarse a tan espantoso suplicio y dejar que el tiempo vaya abatiendo las energías de esta pobre armazón de barro que apenas puede resistir, sin estallar, las furiosas acometidas de sus propias pasiones.
Cogió de encima de una silla una larga pipa de ámbar amarillo y empezó a cargarla lentamente de tabaco; sacaba la picadura de una tabaquerita de plata y la metía en el depósito de la pipa, apretándola con los dedos; luego, mezcló al tabaco algunos granos de opio y se puso a fumar.
En aquella posición, con el gorro tunecino echado sobre las cejas, la pipa entre los dientes, la mirada inmóvil y más bien encogido que sentado en su butaca, parecía un mercader judío tomando el sol a la entrada de una sinagoga.
El médico había caído en una especie de sopor que confundía sus ensueños y pasiones de hombre y de sabio; ya no recordaba su experimento, ni las cuartillas que tenía preparadas para anotar las observaciones que resultasen del ensayo, ni siquiera el sitio donde estaba; su imaginación iba de un punto a otro, acariciando ideas que rechazaba en seguida, sin detenerse en ninguna, cual soñando con los ojos abiertos.
En la casa reinaba silencio absoluto, semejante al que debe haber en el interior de las tumbas cuando los gusanos acabaron de devorar el cadáver y se retiran arrastrándose por las hendiduras de la tierra en busca de otros festines; la luz del quinqué esparcía por la habitación reflejos indecisos que aumentaban la hediondez y repulsivo aspecto de las figuras anatómicas pendientes de la pared; el único sitio bien iluminado por las lentes reflectoras era la mesilla, con piedra de mármol, sobre la cual yacía aquella cabeza ensangrentada cuyas grandes pupilas, de un color amarillento leonado, expresaban una angustia suprema. Los pelos de la cola estaban erizados, el cuerpo temblaba bajo sus ligaduras, del cuello medio cercenado salía un reguero de sangre que se solidificó al caer de la mesa a la vasija y parecía un hilito de lacre obscuro... Montánchez, absorto en sus pensamientos, miraba indiferente el silencioso y trágico suplicio...
Poco a poco la sangre contenida en el receptáculo del aparato inhalador fué enfriándose, el émbolo quedó inmóvil, la circulación sanguínea se paralizó en los tubitos de goma, cesó la respiración artificial y la muerte se extendió instantáneamente sobre aquel despojo que la ciencia defendió algunos segundos. Los pelos de la cabeza se erizaron, la lengua escapóse de la boca, como si el animal muriese por estrangulación, y sus ojos sanguinolentos, tras una contracción espantosa, quedaron inmóviles, turbios, mirando al médico iluminados por aquel frío rayo de luz que los cubría bajo su brillante efluvio como en un sudario de puntos luminosos.
Gabriel Montánchez continuaba impasible, la pipa entre los dientes, contemplando el cadáver.