—¡Ya ha muerto!—exclamó al fin—, ya acabó todo... Así acaban los hombres y los pueblos. Hace media hora ese animal gozaba una vida semejante a la mía, pero la suya era mejor porque sentía y pensaba menos, y en las sensaciones siempre hay más dolor que placer; y ahora nada; un pedazo de materia que dentro de algunas horas apestará y que pasado mañana albergará muchos gusanos... “Acuérdate, hombre, de que polvo eres y que en polvo te convertirás”, dice la Iglesia. No, no hay cielo; desgraciadamente todo acaba aquí, todos morimos aquí como el sapo que expira entre las tembladeras del pantano y parece no desempeñar ningún papel en el concierto universal... El gran secreto de la vida está en la sangre: cuando ésta deja de correr llega nuestro último cuarto de hora, y la sangre corre mientras late nuestro corazón, y a éste sólo le paraliza el tiempo, el implacable enemigo de la vida: todo le está sometido, todo envejece por igual y corre hacia el no ser con la misma velocidad; y yo, que no tengo relojes que me cuenten las horas, ni almanaques que recuerden el curso de los días y de los meses, ni espejos donde mirarme, también camino a la muerte con perseverancia aterradora, pues, aunque en cierto modo viva separado del mundo, ¿dejaré por eso de envejecer con él?...

Se puso de pie y colocó la mano sobre el cadáver del gato, que continuaba mirándole con sus ojos vidriosos: estaba frío y rígido. Entonces zafó las ligaduras que le sujetaban a la mesa y lo arrojó con repugnancia sobre el trozo de cinc extendido delante de la chimenea: el cuerpo produjo al chocar contra el suelo un ruido sordo y quedó extendido con la cara hacia abajo y las patas abiertas.

—¡Imposible!—prosiguió diciendo el médico—, no puede adormecerme; me sucede con el opio lo que a Mitrídates con los venenos, y lo siento, porque me hace mucha falta descansar... ¡Oh! Tengo un amor funesto, una pasión insensata que está cavando nuevos abismos a mis pies... Y la idea de morir sin satisfacer este último capricho me llena de angustia... Amo a Consuelo... Eso no me lo puedo negar, a mí, que me conozco perfectamente; ¡casi no puedo ocultárselo tampoco a los demás!... No sé cómo ni cuándo nació tan peligroso deseo, pero comprendo que me devora y que soy impotente para dominarlo o cobarde para combatirlo. ¿Dónde me arrastrará este postrer delirio? No lo sé; pero soy capaz de llegar por él a donde sólo van los locos de amor. ¡Y todo por una mujer!... ¿Qué misterioso encanto tiene esa criatura que no poseen las demás? No temo las consecuencias de esta pasión por ella, sino por mí; sí, por mí, que pierdo la tranquilidad, el único placer positivo de la tierra... Porque Sandoval no me importa... Creo que me quiere bastante; en muchas ocasiones dió prueba de ello; es lo que en el lenguaje vulgar se llama “un buen amigo”; pero su cariño es finito como todos los afectos humanos. Alfonso prefiere su bienestar al ajeno y no vacilaría en sacrificar mi felicidad a la suya; me quiere lo suficiente para darme todo el dinero que yo le pidiese y exponer su vida por mí; mas si yo le dijera: no deseo dinero porque me sobran corazón y brazos para adquirirlo, ni que arriesgues tu vida, porque me basto solo para defenderme, pero sí pretendo que me des algo que vale más que la vida y el dinero; deseo esa mujer en quien depositaste tu ternura y tu honor, la dueña de tu corazón y de tu hogar, la compañera de toda tu vida, la que te adormece con sus caricias y calma tus afanes con sus besos, la que cerrará tus párpados el día de tu muerte... dámela o concédeme permiso para conquistarla, porque esa mujer también forma mi encanto y sin ella la existencia me es imposible... estoy cierto de que Alfonso se echaría a reír...

Volvióse hacia la chimenea, quedando inmóvil, el ceño arrugado, contemplando con ensimismamiento las lenguas de fuego que corrían sobre los carbones encendidos.

—Eso no sucederá—agregó—, porque eso no se pide; se toma, se adquiere de cualquier modo... con habilidad o por la fuerza... Somos dos hombres para una mujer: él es bastante egoísta para cedérmela de buen grado, y demasiado valiente para no defenderla, y a mí me sobran coraje y audacia para renunciar mansamente a poseerla; él o yo, tal es el dilema; pero si yo tengo más fuerza, más valor o más fortuna, el sacrificado será él. Y ella... ella me odia, me detesta, como su marido me ha dicho, con toda su alma y todos sus nervios; mas no importa, yo sabré enamorarla y predisponerla en mi favor, y pues me abraso de amor, es muy justo que ella se queme también. Todo esto parecerá monstruoso, pero ya que la naturaleza nos puso el corazón a un lado, ¿por qué no darle de lado algunas veces?...

Presa de una agitación febril que le hacía temblar, Montánchez tornó a sentarse.

—Vivo entregado a la ciencia—dijo—. ¡Ja, ja, ja! ¿Y qué es eso?

Removió un poco la lumbre con la badila, puso los pies sobre los morillos para calentárselos mejor, encendió de nuevo su pipa y esperó...

Las azuladas espirales de humo desprendidas del tabaco y del opio quemados, ascendían lentamente girando alrededor de su cabeza y produciéndole enervamiento invencible. Sus pensamientos se obscurecían difundiéndose en aquella especie de vaporosa neblina que bajaba del mundo de lo inconsciente, quitando precisión a sus conceptos, lo mismo que la neblina borra los contornos de los cuerpos: la conciencia se sumergía en un delicioso no ser saturado de pereza y de suprema tranquilidad, las nociones de la vida real fueron borrándose una tras otra, olvidó el sitio donde estaba, la luz del quinqué palideció y su luz tornóse más diáfana; un velo gris cubría los estantes y los muebles, y al fin el opio consiguió apoderarse de su cerebro produciéndole alucinaciones exquisitas.

La luz que irradiaban los carbones de la chimenea fué disminuyendo hasta extinguirse, y sus ojos sólo vieron aún el cadáver del gato tendido sobre la plancha de cinc, con las patas abiertas; pero el sangriento despojo también acabó de borrarse y el médico se quedó soñando, sumido en una atmósfera de humo.