La amorosa pasión de Gabriel tardó mucho tiempo en manifestarse, pero una vez declarada se desató furiosa, arrollándolo todo: amistad, afectos, conveniencias sociales. Aquel tardío rasgo de su vida afectiva fué el más violento de todos los que hasta entonces experimentó: fué una pasión salvaje, una inexplicable explosión de ternuras y de juventud en un corazón de cuarenta años. Era la primera vez que Gabriel avanzaba contrariando realmente el curso natural de las cosas, pues mientras el mundo envejecía, él, en menos de un año, había logrado quitarse de encima cerca de dos lustros.
No le importaban su pasado vituperable, ni el cansancio que las batallas reñidas al Destino dejaron en su alma, ni las ilusiones malogradas, ni aquella lozana juventud perdida: un mundo nuevo y alegre, una vida seductora, un horizonte vastísimo iluminado con los mágicos resplandores de una aurora primaveral, extendía ante sus ojos la ilusión.
La vez primera que Gabriel Montánchez vió a Consuelo no sintió la menor emoción: sólo recordaba que su amigo Alfonso se la presentó en el teatro después de un estreno... y era una mujer como las demás... acaso más guapa que otras... Luego, la obsequiosa amistad de Alfonso, los lazos que a él le unían, la enfermedad de la joven y las tardes pasadas en la intimidad de aquel hogar, contribuyeron a revestir de interés la figura de Consuelito Mendoza.
Cuando Montánchez hizo votos de romper con el mundo y cayó en aquella misantropía que le obligaba a vivir en una noche perpetua, ignorante de la sucesión de los días, sin espejos, relojes, almanaques, termómetros, ni nada que recordase el movimiento decadente de las cosas, creyó que en aquel nido de anacoreta cortesano podría envejecer tranquilo entregado a sus estudios y a sus libros: los mundanales deleites ya no constituían para él un misterio, los conocía perfectamente; todos los fué apurando uno tras otro y le eran familiares. Pasaron los años y de pronto su viejo corazón despertó; y aquel despertar fué dulcísimo, pues su pasión, como todas las pasiones grandes, empezó a desarrollarse lentamente. El color blanco pálido de la joven, sus grandes ojos hebraicos que miraban con tristeza y abandono orientales, su boquita entreabierta, sus actitudes llenas de languidez y de gracia, todo concurrió a reavivar con maravillosos artificios los recuerdos de la juventud pasada. El médico creyó que se trataba de un afecto amistoso, limpio de todo pensamiento carnal, y cuando aquel fugitivo destello de amistad se había convertido en amor, casi se alegró, como hombre que no acostumbra a preocuparse mucho de los acontecimientos que embarazan el porvenir.
—Vivimos—dijo—en este mundo para amar y ser amados, para reír y gozar, y lo que tienda a fortalecer nuestra felicidad, es bueno y santo. No soporto imposiciones morales que son al espíritu lo que las esposas para las muñecas del preso; me gusta la amistad en tanto mis amigos no me molestan; y el mundo, siempre que no quiera volver a ponerme sobre la cabeza su gorro de plomo; y la ética, siempre que esté de acuerdo con mis deseos; y hasta me agrada respetar, como al que más, la mujer del prójimo, cuando comprendo que ese prójimo la quiere con toda su alma... y que ella no me gusta mucho. Pero renunciar a una pasión que me hace enteramente feliz, por temor al escándalo o por no lastimar a un amigo, es imbecilidad indiscutible: seré un monstruo de egoísmo, pero el mundo me enseñó a discurrir así; son muy contadas las personas que quieren a un amigo tanto como a sus muelas, a sus brazos o a sus piernas, y, sin embargo, cuando aquéllas duelen más de lo justo corren a casa del dentista, y si los otros se enferman, el cirujano se encarga de amputarlos; ¿con cuánta más razón podremos amputarlos del corazón un afecto que nos amarga la vida en vez de embellecerla?...
Firme en este criterio, entregóse a su nueva pasión con el frenesí del jugador que aventura a una carta su última peseta; y como Gabriel Montánchez creía, con todos los que han corrido mucho, que el verdadero placer reside más en el deseo que en el goce, así como los secretos más deliciosos de la mujer son los que tiene mejor guardados, no se dió prisa en conquistar lo que por un medio u otro estaba seguro de obtener.
El carácter impetuoso y uraño de Consuelo, sus murrias, sus histerismos, la profunda aversión que le tenía y las dificultades de tiempo y de lugar con que continuamente tropezaba, le desconcertaron bastante, y entonces apeló a otro sistema, quizá más lento, pero indudablemente más seguro. Durante aquellas tardes de invierno que Alfonso Sandoval y él distraían contando cuentos, Montánchez sorprendió muchas veces el efecto que sus palabras, sus narraciones y hasta sus gestos, ejercían sobre el ánimo de Consuelo; y aunque estaba cierto de que un odio infundado, pero invencible, le separaba de ella, sabía que esta repulsión era ineficaz porque la joven vivía subyugada y fascinada en absoluto por él, que a su lado no tenía pensamientos, ni voluntad, ni conciencia de sus actos, y que la sugestión magnética la convertía en una muñequita dócil a cuanto se la quisiera imponer; sabía también que Consuelo le adivinaba obedeciendo a esas misteriosas relaciones merced a las cuales los animales presienten la aproximación de una tempestad, y que su presencia la atortolaba como a una perdiz los ladridos del perro que se acerca, y reconociendo que el terror le hacía déspota único de aquella alma niña, esperó, con la cachaza del cocodrilo que acecha una presa mientras toma el sol, la ocasión propicia de rendir el cuerpo. Para asegurar la victoria probó en Consuelo el sueño hipnótico, deseando saber de antemano la facilidad con que podría rendirla, y aconsejó a Alfonso que se apartase de la joven para favorecer su emancipación moral. La primera parte del plan salió según su deseo; la mujer, convertida en máquina, estaba dispuesta a entregarse; sólo faltaba la ocasión, el eterno “cuarto de hora” que, afortunadamente para Consuelito Mendoza, aún no había llegado.
Mientras Gabriel Montánchez urdía y maduraba sus endiablados proyectos fumando sendas pipas morunas cargadas de opio y de sándalo en su estudio de la calle Hortaleza, Consuelo esperaba ansiosamente el fin del invierno para realizar aquel delicioso “viaje de novios” que tenía proyectado. No era por satisfacer una curiosidad, pues nunca sintió grandes deseos de ver mundo, ni por el gusto tonto de deslumbrar a sus amigas refiriendo las mil y una maravillas que pensaba ver en su excursión, porque las pocas personas que conocía habían viajado más que ella y la importaban tanto las montañas suizas o las nieblas del Rhin, como las nubes de antaño; ni tampoco el deseo de escribir sus impresiones, pues nunca tuvo pujos de escritora, y las contadas veces que cogió la pluma en su vida fué para escribir a Sandoval cartas en las cuales la pasión y la ortografía andaban en razón inversa. La pobre niña sólo quería huir de Madrid, adivinando que Gabriel Montánchez constituía un peligro para ella y para Alfonso.
Cuando le conoció no supo formar idea ninguna de él; sí recordaba que le había saludado con bastante encogimiento y que hasta dudó en alargarle la mano; pero, como aquello la sucedió con otras personas, no dió importancia a su vacilación. Más tarde, la noche en que Gabriel estuvo examinándola, pudo reconocer mejor los rasgos más salientes de aquella extraña fisonomía: su palidez marmórea, sus labios delgados, su ancha frente que las tempestades del alma surcaron de arrugas indelebles, sus ojos grandes, indescifrables y traidores; entonces sintió gravitar sobre ella todo el peso de aquella mirada penetrante que registraba sus pensamientos, y quedó sobrecogida de pavor; fué una descarga eléctrica que la dejó sin movimientos y sin fuerzas.
Quién había comunicado a Montánchez aquel ascendiente sobre ella, fué lo que Consuelo no se explicaba; mas no por eso dejó de padecer los efectos del fenómeno con menor intensidad: sentía que el médico le robaba las ideas, los movimientos, la voluntad; junto a él no tenía fuerzas, porque él se las quitaba con sólo mirarla, le imitaba inconscientemente y hasta de gustos propios carecía; siempre estaba conforme con sus opiniones, y su docilidad era tan absoluta, que antes de que hablase ya daba ella con la cabeza señales de asentimiento. De esta pasividad moral Consuelo se daba exacta cuenta, y la idea de estar incapacitada para defenderse de un “algo” misterioso, y criminal que presentía en Montánchez, la infundió hacia él repulsión espantosa.