Sus accidentes y la influencia hipnótica de Gabriel acabaron de aterrarla: creyó que Montánchez era un encantador, un mago de buena sociedad que se perfumaba todas las mañanas para no oler a azufre y al que no se podía espantar con cuentas de azabache ni matas de ruda, y se consideró perdida: por eso le dijo cuantos descomedimientos la vinieron a la boca, e hizo cuanto pudo por que Alfonso riñese con él; y cuando se convenció de que la cizaña moral no existiría si todas las personas fuesen tan torpes como ella para sembrarla, concibió el proyecto de viajar mucho, medio fácil de poner entre ella y el odiado médico centenares de leguas. Esta idea significó para Consuelo un rayo de felicidad, y tan bienhechores fueron sus efectos que hasta los ataques de histerismo disminuyeron.
Nunca se levantaba antes de las once: tomaba el chocolate en la cama, y mientras apuraba lentamente el contenido de la jícara y partía los bizcochos y casi lloraba porque un pedacito que “le era simpático” se cayó al suelo, su mano, un poco torpe, equivocaba frecuentemente el camino que conducía a la boca, y el bizcocho, mojado en chocolate, solía marcar sobre la nariz una manchita obscura; entonces, la joven se dejaba caer hacia atrás riendo a carcajadas, con el cuello y los pechos descubiertos, la boquirrita y los ojos contraídos por la risa.
—¡Concho, qué bien debo de estar así—decía—; pareceré un clown!...
Y cuando ya estaba más serena:
—Alfonsito—continuaba—, ¿quieres una sopa de chocolate? Está muy rico; anda, concho, cernícalo, si no te pinto... ¡pero, qué mal pensado eres!... Si a mí me hubiesen dicho que querían hacer contigo, es decir, que querían que tú hicieras conmigo... ¿entiendes?...
—Ahora entiendo menos.
—Que si tú quisieras hacer conmigo lo que yo he procurado hacer contigo... ¿está bien así? ¡Vaya, ya salió!... te hubiera dicho en seguida que sí, porque nunca pienso que puedas engañarme, y eso que el nene, concho, es de oro... Conque, ¿quieres?... Anda, sosón...
Con sus ardides y marrullerías entretenía a Sandoval hasta las doce o la una; entonces se levantaba, y luego de bien lavoteada y peripuesta iba al comedor.
Después de la comida, y mientras llegaba la hora de que Alfonso se fuese al casino, hablaban del pesado sueño que tenían por las mañanas, de lo que ella le dijo para obligarle a abrir los ojos y de la grandísima picardía que él contestó; de teatros, del último estreno, del “crimen de ayer” referido con prolijidad enojosa por los periódicos de la mañana, de si saldrían o no por la noche, de modas y del viaje; ¡sobre todo, del viaje!
Esta conversación era inagotable para Consuelo: por docenas podían contarse las veces que habló de cada detalle, invirtiendo horas en discutir la clase en que debían viajar, el sitio que ocuparían en el vagón y hasta el color de los vestidos, que serían grises por ser los más sufridos...