Cuando Alfonso se marchaba, Consuelito Mendoza se encerraba en su gabinete o en el despacho, y allí se ponía a coser. Por las noches el matrimonio cenaba un bocadillo ligero antes de ir al teatro.
Aquel invierno también picó en lluvioso y frío, pero Consuelo, a despecho de la estación y de la falta de medicinas, pues se había negado rotundamente a tomar ninguna, temiendo que estuviesen prescritas por Montánchez, estaba mejor de salud.
La soledad de sus tardes la entretenía con los preparativos del viaje. Aunque propensa a la vida holgazana y contemplativa, desplegó una actividad ejemplar. Le parecía que entre todos los relojes de Madrid estaba verificándose la apuesta de cuál de ellos daría más vueltas en menos tiempo, lo que hacía que las horas, por su brevedad, pareciesen minutos; que las hojas de los calendarios se cayesen solas, que los meses huyeran como golondrinas y que el momento de la partida iba a sorprenderla sin tener arreglados sus trapitos.
—¿Cuánta ropa llevaremos?—le preguntó a Sandoval.
—La que calcules que podamos necesitar en un viaje de ocho o nueve meses.
La respuesta era algo vaga, y Consuelo no supo a qué atenerse; y después de contar las semanas que tiene cada mes y las veces que ella mudaba sus ropas interiores a la semana, más las prendas que se pierden y las que se rompen, creyó necesario llevar, por lo menos, cuatro docenas de cada artículo.
Preparar cuarenta y ocho camisas suyas y otras tantas de Alfonso, más otro número igual de calzoncillos, pantalones de señora, calcetines, sábanas, etc... era un trabajo enorme para cuyo desempeño tuvo que desplegar todo su celo.
Las festividades de Pascua pasaron para ella casi inadvertidas, pues los preparativos del viaje absorbían de tal modo su atención, que hasta las ganas de dormir le quitaban. En todo este tiempo su salud fué inmejorable; se puso más gruesa y de mejor color, con más alegría en los ojos y menos electricidad en los nervios. Sandoval estaba encantado: era indudable que la robustez de la joven triunfaba de todo, y que por aquella vez quedarían chasqueadas la ciencia y las profecías de Montánchez.
Hasta muy vencida la segunda quincena de enero no creyó Consuelito Mendoza que el equipaje estaba terminado y que podía enseñarle a Alfonso su obra de tantos meses; y éste, aunque la había visto andar muy afanosa de un lado a otro saqueando roperos, y notó los vacíos que dejaron en los estantes los libros secuestrados, se quedó estupefacto ante el convoy que su mujercita tenía preparado.
—Pero, muchacha—dijo—, ¿tú sabes lo que eso pesa y el dineral que cuesta su traslado?