Consuelo, avergonzada, no se atrevía a hablar.
—Veamos—dijo Alfonso—, ¿cuántos baúles destinas a la ropa blanca?
—¿Yo?—repuso ella con el aplomo de la persona que sabe bien lo que ha dispuesto—, pues... siete.
—¡Siete baúles, es decir, siete mundos, pues apostaría la cabeza a que los elegiste así!—exclamó Sandoval encogiéndose cómicamente de hombros como temiendo que aquel sistema planetario, repleto de ropa blanca, se desplomara sobre él.
—¿Qué, te parecen muchos?
—Ay, niña; no me asustan esos siete, si no los que irán saliendo, porque para tus trajes y los míos, ¿qué menos vamos a necesitar que otros tres?
—Cinco calculé yo, y no son muchos.
—¿Cinco dijiste?... Más a mi favor. ¿Ves cómo hice bien no asustándome de los siete primeros?... Y miren cómo mi mujercita me ha convertido en una especie de Dios chico, que se permite el lujo de andar rodando por ahí con sus mundos, maravillando a los carabineros y empleados de ferrocarriles que sólo están acostumbrados a tratar con esos pobres diablos que no tienen más que un baúl... quiero pensar en lo que, gracias a ti, voy a reírme en el viaje cuando se hable de astronomía y mi interlocutor me pregunte con acento inglés:
“—¿El Sol marcha, verdad?
“—Sí, señor—le responderé yo—; el Sol marcha; Eugenio Pelletán fue un descortés que sólo se acordó de la Tierra; pero el Sol también le da a las tabas lindamente a pesar de sus muchos años.