—No, está en la botica; de todos modos...

La hiperbólica y mentirosa imaginación de Cenén daban a sus vulgares amoríos con la señorita de Perpignan visos novelescos de desinterés y sacrificio. ¡Adorable Liana! Era bonita, era buena... y, para mayor hechizo y simpatía de su persona, ¡era horriblemente desgraciada! A cada momento los ojuelos ratoniles del secretario se volvían hacia Perea, solicitando la irrecusable autoridad de su aprobación.

—Aquí, don Higinio, conoció mucho a Liana; toda una noche estuvo hablando con ella y él, mejor que nadie, puede decir si era o no una chiquilla encantadora.

Perea asintió pausadamente, con lentitud enfática y doctoral:

—Sí, era una criatura muy agradable, muy francesa... Es un tipo que abunda mucho en París.

Cenén prosiguió:

—Ella se había enamorado de mí; al principio, no; ¡como casi no nos entendíamos!... ¡Pero, luego!... La víspera de marcharse estuvo llorando toda la noche; parecía loca: tan pronto quería quedarse a vivir aquí, conmigo; tan pronto me invitaba a irme con ella a correr mundo. ¡Niña de mi alma! «Tú —decía— no tienes que hacer nada; yo te vestiré, te pagaré la fonda, los viajes...». Creo que si para seguirla la impongo la condición de llevarse también mi familia, acepta.

Movía su cabecita de pájaro a todos lados, y se sirvió un coñac.

—¡Luego dicen que las francesas son interesadas!... ¡Mentira!...

Miraba a don Higinio. Perea afirmó: