—Las francesas son como todas las mujeres: apenas se enamoran de verdad, se hace de ellas lo que se quiere.
El médico se mordió los labios; de excelente gana hubiese protestado poniendo al servicio de su opinión sus terribles pulmones; pero el medio le era hostil y prefirió callar. Las sentenciosas palabras de don Higinio merecieron el asentimiento general. ¡Bien se echaba de ver por ellas que había viajado y conocía el mundo!...
Gutiérrez empezó a contar una aventurilla de parecido jaez que años atrás tuvo con una muchacha de Almodóvar.
—Pido a ustedes acerca de esto —advirtió, queriendo sosegar caballerescos escrúpulos— la mayor reserva, pues la pobrecilla ya se ha casado...
Los circunstantes asintieron y continuaron mirándole, con la paciente y fingida atención que los hombres dedican a las historias ajenas para así adquirir el derecho de contar las suyas. Don Cándido, sencillo y crédulo como un eremita, se frotaba las manos: hacía mucho tiempo que no pasaba una tarde tan espiritual ni tan alegre como aquella. Su mujer apareció.
—¿Dónde están la valeriana y el jengibre?
—En el estante de la derecha, segunda tabla.
Doña Benita se atrevió a decir:
—Ven un momento; yo no alcanzo.
—Y yo no puedo moverme de aquí. ¡Qué exigencias! Súbete en una silla.