Contra su costumbre, él, tan servicial, tan cariñoso, excitado por la bebida, había replicado ásperamente: estaba alegre y no quería molestarse por nadie; sus palabras tuvieron el egoísmo de la felicidad.

La historia del jefe de Correos fue muy celebrada y reída, y en su honor los circunstantes vaciaron de nuevo sus vasos. Al cabo don Gregorio pudo coger las riendas de la conversación y enderezarla hacia su afición favorita: la caza. El buen doctor tenía un pointer y un setter ingleses, con los que se proponía no dejar una perdiz en aquellos contornos.

—El pointer —decía— es cachorro aún; pero tiene unas orejas sedosas y largas, y tal distancia desde el entrecejo al extremo de la nariz, que apostaría la mano derecha a que va a ser un perro de vientos altos de primer orden. El setter ha cazado ya mucho, aunque siempre en terreno cubierto; por lo mismo tiene la fea inclinación de rastrear, que aquí, en nuestros campos manchegos, no sirve.

Internose en una erudita digresión relativa a la educación de los perros, según el género de caza que hayan de practicar. Citaba ejemplos, amontonaba razones y su caliente sangre de cazador hervía. Empezaron las anécdotas.

—¿Se acuerda usted, Arribas, de aquel matacán que cobramos en el barranco del Tojo?... Yo lo conocía bien; me había reventado dos meses atrás un galgo que valía millones; Gutiérrez puede decirlo. Pues yo estaba a un lado del barranco con Claudio Hinojosa, que en paz descanse. ¡Buen amigo! Y acabábamos de comer unos chicharrones, cuando oímos llegar la jauría. Como siempre, Rafael, el perro de Hinojosa, iba delante, y apenas lo vi comprendí que el pobre animal no podía correr más. La liebre había sabido hallar la ventajilla de una cuesta y cortaba el terreno a su gusto. Conque... el tiempo indispensable para echarme la escopeta a la cara y... ¡allá fue el tiro!... Hecha una pelota rodó la pendiente.

Llamaron a la puerta.

—¡Adelante! —gritó don Cándido.

Era un muchacho que venía con gran prisa en busca del médico; el pobrecillo chorreaba agua y sudor.

—De parte de la maestra —dijo—, que vaya usted en seguida a la peluquería, que el amo se ha puesto peor.

—¿Está enfermo Nicanor? —preguntó el boticario a don Gregorio.