—¿No lo sabía usted? Hace tiempo. Por la vida que le reste no doy cuatro ochavos; tiene una enterodiálisis que se muere a chorros. ¡Naturalmente! Son personas que comen mal y no hacen ejercicio...
Volviose hacia el mensajero.
—Di que luego iré, después de cenar; ahora estoy ocupado.
Aún el recadero no había traspuesto de la habitación, cuando Hernández reanudó la evocación de sus hazañas cinegéticas. Aquel belicoso nieto de Nemrod y de San Huberto era inagotable y hablaba con una vehemencia resonante que no abría en su discurso suturas de silencio ni pausas de atención.
—Hace cuatro años —decía— a fines de noviembre, por el día de mi santo, precisamente, fuimos diez o doce amigos, los mejores tiradores de Almodóvar y yo, a cazar jabalíes a la sierra. Claudio Hinojosa vino con nosotros. ¿Se acuerda usted, don Cándido, que no quiso usted ser de la partida? La caza empezó dándose mal: había nevado mucho la víspera y los perros parecían acobardados; no rastreaban. Era al anochecer. Ibamos el pobre Andresito Bustin, que también ha muerto, y yo, por una cañada en busca del rancho donde habíamos de pasar la noche, cuando oigo ladrar a los perros...; pero con ese ladrido, a la vez de miedo y de rabia, que únicamente los cazadores conocemos.
Se interrumpió para avivar la lumbre de su cigarro.
—¿Habían visto algo? —interrogó Gutiérrez sirviéndose un coñac.
Esta observación alborozó la verbosidad de don Gregorio.
—¡Pues ya lo creo! ¡Atienda usted!... Le digo a Bustin: «Prepara la escopeta y no te muevas ni dejes de mirar hacia allí». Y le señalo una especie de trocha oscura sembrada de aznachos y retamas que a la izquierda se parecía. Yo avancé con mucho cuidado, porque el sitio era profundo y estaba orientado de modo que había en él poca luz. Ignoro lo que pasó entonces; todavía no he podido explicármelo. Los ladridos, si bien iban acercándose, sonaban lejos aún; y, sin embargo, de pronto oigo un estrépito de breñas y de jarales rotos y por entre el escobo aparece un jabalí que llegaba rebudiando y con los ojos encendidos como ascuas. Apenas había visto a la fiera cuando ya la tenía encima, a cinco o seis metros delante de mí. ¿Cómo escapar? Bustin, el pobre, disparó su escopeta, pero con el miedo de herirme apuntó alto. ¡Señores, puedo jurarles que, desde aquel día, conozco la cara que tiene la muerte!... En trances tales, los hombres deben jugarse el todo por el todo: yo soy de esos. ¿Qué hago entonces?... Tiro mi escopeta, que ya para nada me servía, hinco una rodilla en tierra y con el cuchillo de monte en la mano espero al jabalí. La fiera, que venía mordida por los perros y estaba furiosa, me acomete, pero, así, en línea recta, como un toro; yo ladeo un poco el cuerpo, lo indispensable para que sus colmillos no me toquen, y la clavo el cuchillo hasta el corazón. Fue, modestia aparte, un golpe de maestro. Recuerdo que el animal se quedó parado unos instantes, y luego empezó a temblar y cayó al suelo.
—¿Hecho una pelota? —preguntó irónicamente Gutiérrez.