—¡Sí, señor, hecho una pelota! ¡Esa es la frase! «Hecho una pelota»... ¿Qué le parece a usted? ¿O no lo cree?... Pues debía usted creerlo, como yo creo que en la oficina de Correos, administrada por usted, no se pierde ninguna carta.

El enfurecido gesto del médico y la acritud venenosa de su réplica intimidaron a Gutiérrez.

—Pero, hombre, no sea usted terrible; yo no he querido molestarle; todo fue broma...

La lluvia había acelerado la brevedad otoñal del crepúsculo, y la noche llegó bruscamente. Don Cándido cerró las maderas de las ventanas y encendió la lámpara: una muy vieja de petróleo, suspendida del techo por una cadena que cubrieron de mugre las moscas, el polvo y el tiempo. En la atmósfera tórrida de la habitación, trastornados por los vapores del alcohol y del tabaco, los semblantes mostrábanse congestionados y llenaban los ojos fosforescencias extrañas. La tertulia continuó: Gutiérrez no tenía nada urgente que hacer; el notario y Julio Cenén, tampoco; Hernández, por su parte, había resuelto no visitar aquel día a ningún enfermo. Don Cándido mandó traer pasteles, que aportaron a la reunión un nuevo y agradable aliciente. En cuanto a don Higinio, hasta las ocho, hora de cenar, no tenía prisa.

La conversación devanábase tenaz, inagotable, alrededor de los mismos temas: Cenén sacó a relucir por segunda vez la historia de sus amoríos con la titiritera; don Gregorio comentaba sus cacerías; Arribas explicaba a Gutiérrez las proezas por él realizadas en Santiago de Cuba.

Perea, al que la bebida había amodorrado un poco, les observaba en silencio. No obstante, conservaba la lucidez necesaria para comprender que mucha parte de cuanto sus amigos estaban refiriendo era mentira. Los heroísmos del notario, como la pelea cuerpo a cuerpo de don Gregorio con el jabalí, como la conquista y amoroso cautiverio de la Debreuil, se parecían en tener igual fondo de oscuridad y aislamiento: nadie había visto a Arribas acuchillar cubanos, ni a don Gregorio matar lobos ni jabalíes a brazo partido; nadie, tampoco, podía atestiguar que la señorita Debreuil hubiese tenido nunca la condescendencia de sentarse sobre las rodillas del secretario del Ayuntamiento. Todos estos eran combates sin brillo ni fanfarria, éxitos misteriosos obtenidos a puerta cerrada o en lugares remotos o ante personas que —¡oh, sospechosa casualidad!— ya habían muerto.

Y, sin embargo, reflexionaba don Higinio mientras se servía otro coñac, él y Gutiérrez y el excelente don Cándido, que no hablaban recelosos quizás de mentir, hallábanse oscurecidos por aquellos tres elocuentes y desvergonzados embusteros. Probablemente, ni el médico creía a Cenén, ni este a don Gregorio, ni el notario daba fe a ninguno de los dos, ni era, a su vez, tomado en consideración por ellos, lo que no impedía que todos, recíproca y educadamente, se aplaudieran y reverenciasen.

Por primera vez empezaba don Higinio a darse razón exacta de los hondos fundamentos que en el espíritu humano tiene la mentira. Los animales, las plantas, la misma Naturaleza augusta, traicionan, disimulan, encubren la verdad. Miente todo lo que lucha, todo lo que acecha: la zorra, que para huir mejor sabe fingirse muerta; el cocodrilo, que se cubre de lodo y, remedando el llanto de los niños, atrae al caminante; el gato, que para cazar al ratón se oculta tras una cortina; mienten la araña con su inmovilidad; los camaleones astutos, que cambian de color; el oso hormiguero, que engaña a las hormigas con la quietud y dulzura asesina de su lengua; la flor, que cierra sus pétalos si un insecto la roza. Y mienten también el cielo, que parece azul y no es azul; el agua del mar, que siendo incolora se viste de verde; la tierra, que mostrándose llana es redonda; y el sol, que no se mueve y, sin embargo, parece andar; mienten, en fin, los ojos, donde las imágenes se pintan invertidas... Y, si todo miente, ¿cómo no mentiría el hombre que, amén de pelear contra sus semejantes, necesita librarse y defenderse constantemente del horrible fastidio de sí mismo?...

La mentira rodea al individuo, le ayuda en sus relaciones sociales, en sus investigaciones científicas, y al mismo tiempo que le estimula al trabajo le encanta. Es una hechicera, un perfume de la creación. La mentira invade lo más augusto, piruetea en los espacios inexplorables, ríe detrás del átomo, amenaza en el enigma de las bacterias, late en los millares de sentimientos indecisos, torvos, criminales tal vez, que no consigue esclarecer la conciencia. Es el porvenir, es también la historia. A la mentira exterior otra mentira, reflejo de aquella, responde en nosotros y a su vez proyecta sobre el mundo objetivo su perfil; pues ni todas las cosas existen según las vemos, ni los sentimientos que andan por nuestro espíritu son como la crédula conciencia los imagina, ni su naturaleza es tan abstracta que deje de influir en el ulterior funcionamiento de los sentidos. De todo lo cual se deduce que el hombre, especialmente en achaques amorosos, unas veces percibe las cosas como son y otras según su deseo quisiera que fuesen.

El misterio halló en la mentira la túnica maravillosa de Tanit y no se separa de ella nunca, y la omnipotencia de la mentira nace precisamente de la universalidad del misterio. Allí donde se detiene la ciencia del químico, allí donde fracasa el telescopio, ante el jeroglífico o el fósil que desafían la sagacidad de los buceadores del pasado, allí donde la luz de la reflexión no desciende, allí mismo comienza el fraude.