Don Higinio, siempre tan sincero, no podía dejarse sofisticar por los embustes que a veces pasearon su espíritu hasta el malsano extremo de creerlos hechos reales, y así estaba ciertísimo de que su permanencia en París solo duró tres meses, y de que su vocabulario francés registraba apenas un centenar de palabras, y de cómo había sido y continuaba siendo un lugareño pazguato, sin mundología ni trato de mujeres. Por lo mismo, la mitad, al menos, de su «nostalgia de París» era mentira: engaño aquel ardimiento con que defendía a las señoritas de teatro y, en general, a toda persona de vivir equívoco; falsos los aires de experiencia, desdén y fatiga que adquiría para hablar de sus viajes; contrahecha también su afición al ajenjo. Con todo, a despecho de esta ruda pero saludable franqueza que aplicaba a sí mismo, era indudable que siempre había de tratarse con cierta indulgencia y atribuirse algunos méritos más de los que realmente poseía.

«Verdaderamente —pensaba—, ninguno de los individuos aquí reunidos vale más que yo».

Se sirvió un coñac.

Sus meditaciones continuaban. Si la mentira es algo tan multilateral y sutil que triunfa hasta del sentido íntimo, y ondulando de unos nervios en otros no solo se sustrae a la razón, sino que, a veces, brinca sobre ella y la impone su imperio, ¿por qué no había de subsistir en las relaciones sociales? A quien a sí propio se engaña, ¿no le sería fácil engañar también a los demás?

La mentira, como el rubor, el orgullo y la valentía, son sentimientos que surgen al calor de la colectividad. Las personas que examinadas por separado son absolutamente leales, terminantemente sinceras, apenas se reúnen producen la mentira. Es una de las muchas veces en que, tratándose de las paradójicas matemáticas del espíritu, una suma no es el total de los sumandos que la componen. De aquí nace el llamado «espíritu de cuerpo»; los diversos uniformes con que el hombre castiga estúpidamente su libertad, fueron siempre viveros de mentiras.

Además, la credulidad ajena induce por sigilosos caminos a las dulzuras de la superchería. La opinión del prójimo, ese rumor de la colectividad que ahora es presente y mañana será recuerdo, historia, acaso inmortalidad gloriosa, depende de nosotros, de nuestros gestos y palabras; seremos vulgares y nada quedará de nuestro breve paso por la vida; pero sepamos sobresalir, y lo futuro eternizará nuestros ademanes y tendrá ecos perpetuadores de nuestra voz. ¡Y es tan fácil y, por lo mismo, tan tentador, decir un embuste que de súbito nos ennoblezca y aúpe sobre el rebaño!...

En aquel momento Arribas, gordiflón y excitado, decía:

—El yanqui y yo rodamos juntos hasta el fondo del tajo, las manos del uno clavadas, como garras, en el cuello del otro. Pero él cayó debajo..., ¡ah, ladrón!..., y yo, con mi bayoneta, le abrí la barriga de parte a parte...

—¡Viva España! —gritó electrizado Hernández, descargando sobre el velador un puñetazo de gigante.

El notario, de pie, muy sofocado, mostraba una sortija.