—Es un trofeo —dijo—, la llevaba mi enemigo. Yo, cuando le vi bien muerto, traté de quitársela; pero no podía y necesité cortarle el dedo con una navaja.
Don Higinio, lentamente, trasegó otro coñac. ¿Por qué no sería él como los demás? ¿Por qué no proporcionarse, una vez siquiera, el frívolo, inofensivo y alquitarado goce de mentir?...
Los hombres más agradables, los mejores conversadores, recurren con frecuencia a la gracia y poesía del embuste, porque la verdad es demasiado seria, demasiado triste y semejante a sí misma siempre, para no aburrir. Los buenos narradores, si han de ser escuchados con agrado, necesitan suprimir ciertos detalles, abultar otros, inventar, en fin..., y aunque nadie les crea, ¿qué importa, si, al cabo, lo que dijeron fue bonito y distrajo un momento?... La mentira supone una reacción poética del sujeto contra la vulgaridad colectiva. El arte es delicioso porque eternamente, en el fondo y como soplo vivificador de sus producciones mejores, subsiste algo imaginado, convencional; una obra de arte es un trozo de realidad, bajo el cual, como un pájaro dentro de una jaula, canta una mentira.
La misma cortesía, por cuya virtud, según la observación agudísima de La Bruyère, «consigue el hombre aparecer por fuera como debiera ser interiormente», ¿no es también una falsedad? Pero traición exquisita, sin la que los engranajes de la máquina social, probablemente, se romperían.
Don Higinio estaba borracho; un aquelarre de ideas se arremolinaban confusamente tras su frente pálida y sudorosa. ¿Y si mintiese?... La mentira posee un don de polarización que trastorna aun lo más sencillo. Mentir es embarcarse hacia el ideal, amar, rendir corazones, ser héroe, ser millonario. ¿Qué valen el hachís, ni la morfina, ni los paraísos del opio, que produce el Oriente, comparados con el divino opio de la mentira?... Mentir es libertarse, convertirse en otro hombre; el alma que sueña y cree en sus sueños siempre irá vestida de domingo; una mentira equivale a la copa de vino que para olvidar dolores beben los obreros los sábados. Platón, queriendo desterrar la mentira de su República, incurría en un gravísimo delito de belleza y vulneraba la liturgia, porque, sin los altos prestigios de la mentira, ¿qué sería de los dioses?...
Distraída y pausadamente don Higinio se sirvió otro coñac. A su alrededor continuaban improvisándose historias absurdas y dionisiacas, de sangre y de amor: violaciones, batallas, cacerías; toda una gama de terribles estremecimientos de muerte y voluptuosidad. ¿Por qué no inventar algo?... Esta idea producíale un secreto y suave regocijo. Cada una de las personas allí reunidas padecía una debilidad, un vicio, que las obligaba a caer en las exageraciones más desairadas y ridículas; y así don Gregorio, que era noblote, ingenuo y muy dado a llamar las cosas sin ambages y por su nombre, en hablando de cacerías se le nublaba el seso y atribuíase con la mejor buena fe mil arriscadas aventuras; y otro tanto acaecíale a Julio Cenén, en cuanto se refiriese al arte de rendir las castidades más austeras y los corazones más fríos y mejor guardados; y al notario Arribas, en achaques de matonismo, emboscadas, pendencias, desafíos a cuchillo, lances a pistola o florete y otros caballerescos modos de hacerle ascos a la vida. Y si todos, a pesar del merecido descrédito en que el frecuente abuso de la mentira les había puesto, dirigían alternativamente la conversación y narraban episodios que parecían interesar a los demás, él, que nunca cultivó la fábula, ¿qué sincero brío, qué fuerza persuasiva, qué irrecusable imperio de verdad no acertaría a imprimir a lo que dijese?...
La desconocida emoción le ofrecía una especie de plano inclinado, por donde su espíritu quimerista sentía la voluptuosa felicidad de dejarse ir. «Ahora no soy nadie —reflexionaba—; pero apenas inventase algo me convertiría en una especie de voluntad superior y todos repararían en mí...». Sufría una inquietud angustiosa, una trepidación interior, semejante a esos terribles alborotos espirituales con que suele revelarse en los hombres el genio. Mentiría, sí; ya estaba decidido; pero, ¿qué diría, de qué iba a hablar?... La idea de hilvanar torpemente su embuste le aterraba. Su invención no debía ser trivial, sino grande, novelesca, a la vez romántica y heroica, digna, en fin, de los largos años de aburrida sinceridad que la precedieron. Pero una mentira así, bella y recia como una obra de arte, una mentira con vistas a la posteridad, no se improvisaba fácilmente; era necesario discurrirla bien, madurarla, equilibrar minuciosamente los elementos de lugar y de tiempo que habían de robustecerla, para no caer más adelante en contradicciones que descubriesen la torpe armazón de la superchería. Todo ello implicaba graves dificultades; la historia apacible de Perea era demasiado conocida, y una pregunta cualquiera, hecha quizás con mala intención, podía desconcertar al narrador y dejarle en ridículo. Y don Higinio, midiendo el peligro a que su vanidad quería lanzarle, estremecíase de pavura. Aquel amor propio, rasgo máximo de su carácter lleno siempre de leal entereza, se ovillaba ruboroso y temblante ante la risa ajena; él quería que «su público» le aplaudiese, le admirase y tributara a su engaño los respetos que merece la Historia; él no quería fracasar; su mentira no debía ser silbada; nada dijo aún y ya sus pulsos latían de emoción; su miedo era el que oprime el corazón de los autores que estrenan por primera vez...
Para enfervorizarse se sirvió otro coñac. Escenas inconexas, recuerdos a medio vestir, frases que jamás habían granado en su cerebro, le zarandeaban. Como él nunca fue militar, como el notario, ni siquiera cazador de perdices, como don Gregorio, ni disfrutaba de aquel prestigio galán que la pública opinión concedía a Cenén, su mentira necesitaba, desde luego, desarrollarse en otro ambiente; por ejemplo, en París...
Miró a su alrededor; el interés de las historias, acaso de las patrañas, con que unos y otros cebaban la curiosidad general, iba en auge. Los pasteles que doña Benita trajo en una larga fuente de porcelana habían desaparecido. Bajo la luz rojiza de la lámpara y a través del humo de los cigarros, los circunstantes, terriblemente excitados por el coñac y el calor de la habitación, mostrábanse rodeados de un extraño halo de vigor y amenaza. Ladrones, corsarios, parecían, o soldadesca allí reunida para disputarse el botín de un asalto.
De pronto, casi contra su voluntad y albedrío, empujado a ello por un imperativo superior, don Higinio movió los labios, insinuó con su mano derecha un gesto...