—Señores...
Y apenas habló, cuando tuvo la intuición de que algo gravísimo, irreparable, caía sobre él, como si el destino para que fue nacido acabara de cumplirse. No obstante, automáticamente, repitió:
—Señores...
Todos le miraron; su interpelación llegaba, precisamente, en una de esas pausas, semejantes a lagunas de silencio, que a intervalos interrumpen el hilo del diálogo. Aunque, según costumbre suya, había hablado muy bajo, su voz, dotada quizás en aquel momento de algún inexorable y taladrante magnetismo, avasalló la atención general. Don Higinio iba a decir algo...
Perea prosiguió lentamente, con un repentino aplomo de que él mismo, apenas lo advirtió, empezó a asombrarse.
—Yo también, si ustedes lo permiten, voy a contar algo interesante. Hay en mí, como en todos los hombres, una historia íntima, una página secreta, un rincón sagrado donde nadie..., ¡compréndanlo ustedes bien!..., donde nadie entró nunca...
¿Una historia Perea? ¿Era posible? ¡Una historia aquel hombre que en todas las reuniones del Casino siempre se limitaba a oír!... Hubo un breve momento de expectación. Don Cándido se quitó su gorrilla de terciopelo para rascarse el cráneo, mondo y puntiagudo, con las uñas de sus dedos amarillados por el humo de los cigarrillos y el vaho de las medicinas. Estaba atónito. ¿De modo que el amigo Perea, a quien todos creían conocer perfectamente, escondía un misterio?... En el secreto que va a divulgarse, vibra una especie de violación, de atropello: un aroma de azahares deshojados, que inspira un regocijo casi sexual. El secretario del Ayuntamiento, muy alborotado, revolviendo a todos lados sus ojos ratoniles, interrogó al médico.
—¿Usted sabía algo, don Gregorio?
—Yo, no.
—Ni yo —afirmó Arribas.