—Ni yo —repitió Gutiérrez.

—Yo tampoco —dijo el boticario—, y el lance me interesa y sorprende tanto más, cuanto que don Higinio nunca se ha metido en bullas.

—No lo sabe nadie —interrumpió Perea con cierta vehemencia, que produjo en su auditorio bonísimo efecto—, y si ahora me decido a hablar es porque hay penas, remordimientos..., como ustedes quieran llamarlos..., que no pueden llevarse ocultos en el pecho toda la vida. Pero, ¡eso sí!..., han de jurarme ustedes, bajo palabra de caballeros, que mi desgracia..., porque se trata de una desgracia..., no se la dirán a nadie, no saldrá de aquí... Como si yo hubiese hablado dentro de una tumba, ¿verdad?... Yo estoy casado, tengo hijos... ¡Ustedes sabrán ponerse en mi lugar!...

Los circunstantes asintieron; estaban sugestionados; el secreto de don Higinio Perea moriría con ellos. Y entonces fue cuando este, que había empezado a hablar sin saber aún exactamente lo que iba a decir, vio claro. Fue una improvisación maravillosa, un chorro de luz meridiana, un brusco y magistral andamiaje de palabras y de gestos tan precisos y terminantemente coordinados, como si dictados fuesen por la verdad misma: una especie de pasmoso monólogo en el cual los talentos de un dramaturgo y de un comediante los recursos mejores, acababan de aunarse para defender el éxito de una mentira. Fácilmente, con rapidez de vértigo, don Higinio inventaba, recordaba, zurcía lo imaginario con lo verdadero, y a la vez ligaba hechos que en la realidad histórica aparecían separados, o divorciaba, por el contrario, lo que estuvo unido; y todo febrilmente, sin un titubeo, con ese contagioso ardor que produce en los espíritus la visión rotunda, concluyente, de la verdad. Fue un caso precioso de aquella «síntesis imaginativa de imágenes dispersas y reales», de que tanto hablan los neurópatas.

Adelantando mucho el busto, la voz insegura y como estrangulada por la emoción, lo labios trémulos, descoloridos, bajo la hirsuta frondosidad del bigote, el rostro cubierto de histriónica palidez, don Higinio Perea agregó:

—Yo, señores... he matado a un hombre...

A esta declaración terrible nadie contestó: tan acerba fue la impresión, tan extraordinarios el asombro y el trágico espanto que cayeron sobre aquellas cabezas sencillas. El notario estuvo tentado de marcharse, y don Cándido miró hacia la puerta para cerciorarse de que estaba cerrada. Don Gregorio, Gutiérrez y Julio Cenén no se movieron: parecíales que, oyendo las confesiones de don Higinio, iban a ser cómplices de un crimen. El pánico de todos fue tan manifiesto, que allí mismo Perea, interiormente, se arrepintió de su disparatada audacia. Pero, ¿cómo desdecirse, cómo retroceder, cómo retirar ya la palabra heroica?...

Sereno, temerario, dueño absoluto de la situación, el gesto parco, los ojos ligeramente vueltos hacia arriba, digno como Ulises, su hermano en mentiras, de tener un Homero para su hazaña, el narrador continuó:

—Fue en París, a los pocos meses de llegar allí. Vivía yo a la sazón en el hotel de los Alpes, del cual creo haberles hablado otras veces...

Para dar mayor verosimilitud a la novela que iba desenvolviendo, buscó arteramente la alianza y colaboración de su auditorio.