—¿Recuerdan ustedes que estuve una temporada bastante larga sin escribir?
Hernández asintió.
—Sí, me parece que sí..., tengo cierta idea...
—Mi pobre Emilia no la ha olvidado. ¡Cuánto sufrió entonces!... Pues bien; aquel silencio mío fue motivado por lo que voy a decir. Ya supondrán ustedes que en el fondo de mi historia, como en todo cuanto por algún concepto puede interesar mucho al hombre, hay una mujer... La inspiradora o causante de aquel drama fue una italiana, tipo admirable: pelinegra, el cutis mate, los labios muy rojos, los ojos azabachados: se llamaba Leopoldina y estaba casada con un holandés; míster Ruch: una especie de gigante, pesado, musculoso, con unos cabellos de oro muy planchados sobre la frente y los ojos grandes y azules, de un azul pálido. Podría dibujarlo. Lo más notable de aquel coloso era el color de su piel, blanca, blanca..., como las nieves de su país, como solo puede serlo la carne de las gentes del Norte. Aquí, en nuestras tierras manchegas, donde tan lindamente castiga el sol, no sabemos lo que es eso. ¡Pero en Holanda!... El tipo de que hablo me producía la extravagante impresión de una estatua de mármol con peluca rubia.
Julio Cenén trató de adelantarse a los acontecimientos.
—Un tipo así no es el más a propósito para una italiana —dijo—; las italianas, como las españolas, son todo fuego.
Don Higinio le atajó.
—Eso parecían significar las apariencias; pero estas muchas veces engañan. Míster Ruch, obeso y rubicundo, era violento, dominador y grosero como un turco: una especie de Otelo con cabello de ángel. Leopoldina, sin embargo, tuvo la osadía de poner en mí sus bellísimos ojos..., y crean ustedes que los hombres más valientes son corderos comparados con la mujer que se enamora y dice: «¡Allá voy!...».
Continuó su relación con gran sobriedad, y poniendo siempre en ella un buen humor muy del gusto de su auditorio. Había sabido asociar el nombre de Leopoldina, la aventurera que una tarde en las calles de Paul-Lelong y Montmartre le robó casi a viva fuerza un billete de cien francos, a la figura del holandés y de su mujer; y como a estas imágenes iba vinculado el aspecto del comedor y de las habitaciones, escaleras y pasillos del hotel de los Alpes, su fantasía lo barajaba todo armónicamente y su improvisación iba devanándose como sobre rieles.
¿Por qué asoció la imagen del holandés a su folletinesca aventura?... El narrador ignoraba la causa: quizás por obra de la misma antipatía que sintiera hacia aquel hombre apenas le vio, y por las muchas veces que, mientras comía, se divirtió en observar a su mujer. El apellido «Ruch», que adjudicó al holandés, pertenecía a Francisco, el intérprete del hotel de los Alpes.