Don Higinio acababa de referir sus emociones la noche en que, desde la ventana de su cuarto, alebrado como un cazador en acecho, había visto desnudarse a la italiana; y aun tuvo la perversidad de describir el rebuscado lujo y limpieza de su ropa interior, y aquellas señales que las cintas del corsé dejaron sobre su carne joven y rosada. Julio Cenén suspiró: aquel episodio le había puesto los ojos muy brillantes. Don Higinio suspiró también; su carrilluda fisonomía acababa de cubrirse de gravedad triste.
—¿Quién me hubiera dicho entonces —exclamó— que algunas horas más tarde aquel cuerpo hermosísimo se arrojaría entre mis brazos?...
Hubo un silencio. Según hablaba y veía la descomunal impresión que sus palabras producían, el narrador iba maravillándose de su obra. Era imposible mentir mejor que él lo hacía: su mentira fruto parecía de sazonadas meditaciones y de tenaces y escrupulosos ensayos. Instintivamente, con una intuición omnisciente de gran comediante, hallaba la inflexión vocal mejor, la frase y la actitud más adecuadas para vestir su fraude. Y así, unas veces mentía afirmando; y otras, negando tibiamente ciertos detalles que adulaban demasiado su amor propio o mostrándose arrepentido de lo hecho, continuaba mintiendo: que, si bien se repara, en la vida como sobre el mar, todos los caminos pueden conducir al mismo puerto.
—Una tarde, al volver de la calle y entrar en mi dormitorio —prosiguió don Higinio—, pisé un papel que habían echado por debajo de la puerta. Me agacho a recogerlo, lo desdoblo temblando y leo: «Una señora que se interesa por usted le espera esta noche, a las ocho y media, en la calle Feydeau, dentro de un coche que hallará usted parado frente al número nueve».
Esta cita fantástica tenía una raíz histórica: Perea se había acordado de las falsas señas que le dio madame Berta. Hernández le interrumpió:
—¿La misiva estaría escrita en francés?...
A pesar de la limpia inocencia de la observación, don Higinio, que no la aguardaba, se desconcertó un segundo; pero su turbación fue tan rapidísima, tan leve, que nadie la advirtió. Tuvo, además, el discreto acuerdo de negar.
—La misiva estaba en italiano; pero yo la leí de corrido; ya saben ustedes que el italiano lo entendemos perfectamente.
Y continuó:
—Cinco minutos haría que yo esperaba en la calle Feydeau, cuando un coche se detuvo delante de mí. Ahora juzguen ustedes de mi sorpresa al reconocer tras el cristal de la ventanilla el encantador perfil de la italiana del hotel de los Alpes. No titubeé, sin embargo, y abrí la portezuela. ¡Ah, esos lances, que parecen de novela, no suceden nada más que en París!... Allí son moneda corriente; estoy por creer que ni siquiera llaman la atención: parece que flotan en la atmósfera, que los produce el clima... Pues bien; yo, la verdad, como he corrido pocas aventuras, estaba aturrullado y no sabía qué decir. Afortunadamente, Leopoldina vino en mi auxilio. Era una criatura de extraordinario talento. En pocos instantes, mientras el cochero nos llevaba hacia el Arco de Triunfo, me contó su historia, unas veces en su idioma, otras en francés. Tan pronto lloraba, tan pronto reía..., y, de repente, como si se hubiese vuelto loca, me echó los brazos al cuello y se sentó sobre mis rodillas.