Tronó una explosión de hilarante. Gutiérrez abrazó al victorioso don Higinio y el notario le hizo cosquillas pellizcándole en las corvas. Don Gregorio y Cenén apuraron sus copas de coñac en señal de alegría. Pero el agasajado no sonrió siquiera, y todos callaron respetando su pena, acordándose de que aquellos amores habían tenido un desenlace trágico.

—Mis relaciones con Leopoldina —continuó Perea— apenas duraron una semana. Nos reuníamos en el domicilio de una señora amiga suya, y allí me narraba sus penas: su marido era un animal, un perfecto animal, celoso y terrible, que no la comprendía. ¡La pobre! Quería a todo trance escaparse conmigo. «Me llevas a España —balbuceaba llorando—, a España para siempre...». Y yo la hubiese traído..., ¡palabra de honor!..., la hubiese traído; los hombres, en ciertas ocasiones, no sabemos resistir. Ahora, cuando nuestro amigo Cenén decía que estuvo en peligro de marcharse con la Debreuil, me acordaba de esto...

Volvió a suspirar y por dos veces tragó saliva, como luchando con su pena.

—Omitiré detalles —prosiguió—; baste saber que míster Ruch, enterado de lo ocurrido, vino a desafiarme a mi propio cuarto. Era casi de madrugada cuando se presentó. Como ustedes comprenderán, traté de negar, más que por miedo..., ¡lo juro!..., por caballerosidad. Yo, francamente, el miedo no lo he sentido nunca. Pero él me obligó a callar diciendo: «Lo sé todo, mi mujer me lo ha contado todo; así pues, si no quiere usted salir a batirse inmediatamente conmigo, le mataré aquí mismo como a un perro». Y sacó un revólver. En aquel momento, señores, lo confieso, me acordé de mi pobre Emilia, de mis hijos, de mi España... Estos tragos, luego, examinados a distancia, no parecen graves... ¡Ah! Pero cuando se pasan son duros..., ¡duros de veras!... En fin, convencido de que nada podía hacer para evitar el lance, me vestí tranquilamente y cogí un cuchillo que días antes de emprender mi viaje había comprado en Ciudad Real. ¿Se acuerda usted, don Gregorio?

El médico, en efecto, se acordaba...

—¿No tenía usted revólver? —interrumpió don Cándido, a quien la bravura impasible de su amigo aterraba.

—Sí —replicó don Higinio—; pero prefiero las armas blancas: con ellas hay que arrimarse al peligro; por lo mismo son más valientes, más nobles, y, desde luego, mucho más seguras. El holandés, sentado al borde de mi cama, me observaba impasible. Cuando acabé de vestirme, le dije: «Usted guía». Salimos a la calle y tomamos un coche que nos dejó en la plaza de la Concordia, junto a una estación del Metropolitano. Allí subimos al tren subterráneo, que en menos de cinco minutos nos llevó al Arco de Triunfo, donde ganamos el tranvía de vapor que va a Neuilly. ¡Un verdadero viaje! Yo iba inquietándome; pero callaba para que mi rival no se formase mala idea de mí.

—¡Qué valor! —exclamó el boticario.

—Fue una temeridad —dijo don Gregorio—, porque el holandés podía ser un miserable y tenderle a usted una celada. ¡No sería el primer caso!...

Don Higinio se alzó de hombros con desdén heroico.