—En esos momentos, amigo Hernández, crea usted que nadie piensa lo que hace.
Arribas, recordando sin duda los yanquis sacrificados por él como corderos, en Santiago de Cuba, aprobó:
—Dice usted bien: los hombres nos cegamos y somos peores que tigres.
Perea continuó:
—Las nueve de la mañana serían cuando llegamos al puente de Neuilly. A todas estas yo no había vuelto a cambiar con mi enemigo ni una palabra, y siempre que echábamos pie a tierra él caminaba delante, guiándome. Varias veces hubiera podido asesinarle a mansalva, y esta confianza que ponía en mí me tranquilizaba, pues demostraba que míster Ruch no era un cobarde capaz de una traición. Así, caminando el uno en pos del otro, seguimos bordeando el Sena largo trecho, hasta que el holandés llamó a un barquero para que nos llevase a la isla de la Grande Jatte.
Don Higinio, en efecto, arrastrado por su afición a la pesca, había pasado allí una tarde muy agradable, y de aquel solitario rincón conservaba una imagen bastante precisa. A esta circunstancia debía añadirse la de haberse cometido aquellos días y en la isla, justamente, de la Grande Jatte, un «crimen misterioso», al que los periódicos, a falta tal vez de mejor asunto, dedicaron columnas enteras y tuvo la virtud de remover la curiosidad de París. El autor de aquella fechoría no había dejado rastro y su víctima no pudo ser identificada. De estos diversos detalles se acordaba entonces Perea, y con rara presteza y habilidad de todos se servía para acrecentar la buena disposición, colorido y solidez de su patraña.
—El tiempo no era el más a propósito para andar por el campo —decía don Higinio—; estábamos a principios de enero, el día dos, bien me acuerdo, y el frío cortaba la piel. Caminábamos por un bosque; ni un soplo de viento; la neblina era espesa y se agarraba a los árboles; sobre el suelo escarchado apenas podíamos andar. Ni un alma, ni un ruido. De pronto el holandés se detuvo, y volviéndose hacia mí con la flema de su carne rubia, exclamó: «¿Le gusta a usted el sitio?...». «Mucho» —repliqué—. No hablamos más y nos acometimos. Fue un instante. Yo comprendí que era necesario jugarse la vida a un solo golpe, y así lo hice. Tuve una arremetida de fiera, y el corazón de míster Ruch sirvió de vaina a mi cuchillo.
—¿Acertó usted a darle en el corazón? —interrogó el notario.
—Se lo partí en dos pedazos —repuso sin vacilar el héroe—. Pero mi fortuna, con ser grande, no fue completa, porque en aquel momento el holandés disparaba a quemarropa su revólver sobre mí y la bala, penetrando por semejante sitio, me traspasó de parte a parte y fue a clavárseme en la espina dorsal.
Si don Higinio se hubiese limitado a decir que mató al holandés, su mentira hubiera llamado menos la atención y probablemente habría fracasado, pues a embustes mucho mayores estaban avezados los oídos de todos. Su supremo acierto, por tanto, consistió en declararse herido. Aquella bala clavada allí, según generosa confesión del héroe, a la altura de la décima vértebra, tenía toda la certidumbre, todo el irrevocable imperio de un acta notarial. Así, el asombro que en los circunstantes produjo aquella jamás soñada declaración fue definitivo. Como por arte de hechicería don Higinio, a quien hasta allí diputaban hombre juicioso y casero, erguíase ante ellos llevando sobre la vulgaridad de su sombrero hongo la pluma de Don Juan. De aquel antiguo Perea sin leyenda y sin misterio, aficionado a pescar, a jugar al dominó y a hacer caramelos, había surgido otro hombre que, tanto por su propia historia como por la acrisolada limpieza de su abolengo, bien podía ser motivo de orgullo para Serranillas: un verdadero hombre de mundo, más conquistador que Cenén, más bravo indudablemente que el notario Arribas, y tan diestro, al menos, en el arte de manejar el cuchillo, como don Gregorio, el matador de jabalíes. Todos, dentro de las especialidades de seducción o matonismo que cada cual se atribuía, sentíanse humillados por aquel nuevo y brillante prestigio.