—¿Y por dónde le entró a usted la bala? —interrogó impaciente el médico.
Perea acababa de acordarse de que su pecho conservaba la cicatriz de una herida incisa que, siendo niño, se causó con un cristal una tarde al salir del colegio, y repuso:
—Por aquí, vean ustedes; el orificio de entrada, aunque muy reducido por el tiempo, se conoce aún.
Casi sin saber lo que hacía púsose de pie y comenzó a desabotonarse el chaleco, la camisa; se levantó las puntas flotantes de su corbata. Gutiérrez bajó la lámpara y todos se levantaron, adelantando el rostro, frunciendo los párpados para reconcentrar mejor la mirada. Don Higinio, con audacia temeraria, mostraba por entre la abertura de su camiseta color salmón su pecho cobrizo, peludo como el vientre de un oso.
—Aquí está —dijo señalando con el índice de su mano derecha una huella blanca, perdida bajo la espesa pelambrera.
Los circunstantes siguieron aquel gesto, y el aplomo sugestivo del héroe de una parte, de otra el coñac, el espíritu de imitación, acaso un oportuno y sofístico parpadeo de la luz, realizaron el milagro. Todos vieron la herida.
—¡Es cierto! —exclamó Hernández—, aquí es.
Don Cándido la apreció también, y el secretario del Ayuntamiento, y el jefe de Correos, y el notario... Don Higinio brincaba de sorpresa en sorpresa; nunca hubiera creído que a la pobre humanidad, inclinada sistemáticamente a la desconfianza y tan incrédula, sin embargo, pudiera engañársela tan pronto.
—¿Y dice usted —añadió el médico— que la bala quedó incrustada en la décima vértebra dorsal?
—Sí, señor.