—¡No puede ser!
—¿Por qué?...
—¡Porque, no!... ¿No lo comprende usted? Es demasiado bajo.
A don Higinio no le importaba que el proyectil del holandés hubiera ido a instalarse una o dos o tres vértebras más arriba; pero su ágil y clarividente discreción comprendió que debía sostener lo dicho, lo que, conocida la pobrísima ciencia de su amigo, no había de serle difícil.
—Tenga usted presente —dijo— la aventajada estatura de mi rival: míster Ruch era un hombretón; por lo mismo, la trayectoria del balazo debió de ser oblicua, de arriba a abajo. Yo, como usted comprenderá, me limito a repetir lo que dijeron las notabilidades médicas que me examinaron.
Hernández se dio por enterado; las últimas palabras del héroe acababan de convencerle. ¿Acaso no sabía él tanta anatomía como los profesores de París?... Para demostrarlo juzgó oportuno sorprender a sus oyentes determinando allí mismo el rumbo seguido por el proyectil, y oscureciendo lo más posible su descripción con términos profesionales.
—Todo está comprendido —exclamó—; la bala perforó el apéndice xifoides, que por su naturaleza cartilaginosa es poco resistente; rompería el peritoneo, atravesaría la cavidad del abdomen e iría a clavarse en la espina dorsal. ¡Y gracias que no desgarró ninguna asa intestinal!... ¿Le operaron a usted?
—Nada; no, señor.
—¡Es natural! ¡No hacía falta! Le recomendarían a usted, además del tratamiento indicado para tales casos, mucho reposo y la leche como único alimento...
—Precisamente.