Todos miraban a Perea con el respeto, humildad y devoción admirativa que inspiran a la multitud los supervivientes de alguna terrible catástrofe. ¡Qué hombre! Ahora comprendían mejor su carácter reservado y el celo galante con que en diferentes ocasiones había defendido a las mujeres de moralidad distraída.
—¿Y no se resiente usted nunca de la herida? —preguntó el boticario.
—Algunas veces; cuando realizo algún esfuerzo, verbigracia, o si cambia el tiempo.
A don Higinio le pareció oportuno interpolar una sonrisa en el relato de su aventura, y añadió:
—Puedo decir que el holandés me puso un barómetro a la altura de los riñones...
El ático humor y desparpajo de Perea y la modestia con que hasta entonces había callado su historia, traía a todos suspensos y pasmados.
Habían vuelto a llamar a la puerta y don Cándido salió a abrir. Era Carmen, que iba en busca de su padre para cenar.
—Son las nueve —dijo—, estamos esperándote.
El héroe de la Grande Jatte la llamó a su lado, la estrechó contra su pecho y empezó a pasarla una mano por los cabellos. Se acordaba de un grabado, copia de un cuadro titulado: «Napoleón y su hija», que había visto alguna vez. Su gesto tenía una tranquilidad patriarcal y solemne; parecía decir: «¡Si no fuese por estas criaturas!».
Para marcharse, estrechó la mano del médico, la del boticario, la de Cenén, la de Arribas, la de Gutiérrez. Al mismo tiempo, aludiendo a la niña con un mohín, balbuceó: