—Que no sepa nada, ¿eh?... Ustedes se hacen cargo... ¡Sería horrible!...
El jefe de Correos habló en nombre de todos.
—Nada tiene usted que advertirnos: aquí, en este instante, no hay más que caballeros.
Don Higinio Perea salió de la botica apoyándose en su hija y echando aquel paso lento y largo, propio a su juicio, del hombre que arrastra algún remordimiento. Llovía y el globo rojo de la farmacia tendía sobre el lodazal de la plaza un cono sangriento. La niña levantó la cabeza.
—¿Has bebido, papá?...
Desconcertose el amante de Leopoldina.
—No... ¿Por qué?...
—Me había parecido: estás muy colorado.
Iba, en efecto, encendido como una amapola y con la boca tan seca que apenas podía mover los labios. Al doblar la esquina volvió la cabeza. Hallábase excitadísimo; tenía miedo, un pánico de superstición; como si realmente el cadáver enorme, frío y blanco del holandés, le fuera pisando los talones.