En menos de un mes, la invención lanzada por don Higinio Perea en el refugio y misterio de la farmacia de don Cándido, había dado varias vueltas al pueblo. A pesar del silencio que los allí reunidos juraron guardar al héroe de la Grande Jatte, la noticia les pareció tan emocionante y golosa, y de tal manera sojuzgó y trastornó sus ánimos, que les faltó tiempo para feriar con ella la voraz curiosidad de sus mujeres. El boticario se lo dijo a doña Benita; don Gregorio, a doña Lucía; el secretario del Ayuntamiento, a su Inés; don Jerónimo Arribas, a doña Marcela y a los dos pasantes de la notaría; Gutiérrez, si bien con medias palabras y exigiendo aquella misma reserva de que él carecía, se lo confió a sus hijas... Y así la hazaña de Perea, tan pronto aplaudida como censurada, pero siempre comentada con prolija vehemencia, fue revolando de puerta en puerta hasta ser tan familiar al vecindario de Serranillas como la torre de la iglesia.
Por poco observador que fuese don Higinio, y olvidado y desasido que se hallase de su mentira, bien echó de ver que algo extraordinario se operaba a su alrededor. Durante los primeros días no supo a qué atribuirlo, pues el recuerdo de su embuste se le había ido del cerebro con los últimos vahos del coñac tragado en casa de don Cándido, y aunque lo tuviese presente, nunca lo creyera capaz de subsistir, ni menos de merecer la atención de nadie. Pero no tardó en modificar su opinión, cediendo a la autoridad irrevocable de los numerosos y muy graves indicios que de múltiples partes y bajo artificios diversos llegaban a descubrirle el interés vivísimo, no exento de admiración, de que era objeto. El mentiroso es un sugestionador, y él, inconscientemente, había sugestionado al pueblo: se le discutía, se le espiaba, se le seguía desde lejos con los ojos. El artista se asombró de su obra; hallábase envuelto, cercado, apresado por ella; hubiera querido destruirla y no hubiese podido, tal vez; su mentira, como por ensalmo, se había hecho horizonte. A todas horas recibía pruebas fehacientes del sincero cariño y alta estimación que el alma colectiva le tributaba: Cenén, Gutiérrez, el notario, hasta don Gregorio Hernández y don Cándido, unidos a él por una amistad de muchos años, le trataban con mayor pleitesía y reverencia, y como de inferiores a jefe; y la misma doña Lucía, que continuaba sin hallar corsé que reparase el desbordamiento de su obesidad, solía mirarle con una languidez nueva. Si iba a la mina hallaba a sus obreros más obedientes y devotos, y cuando llegaba al Casino los porteros le saludaban, poniéndose de pie, con un acogimiento silencioso y humilde que le bañaba en dulce vanidad.
El buen hombre atisbaba curiosamente aquel interesantísimo cambio de opinión. El vulgo, al igual de las mujeres, es imaginativo, y como la imaginación solo de mentiras se satisface, siente la necesidad, casi fisiológica, de ser engañado; por cuanto lo extraordinario le atrae y le vence, y antes prefiere la pinturería folletinesca de un «se dice» a la gravedad histórica de un hecho comprobado. Ello explicaba el éxito que, a despecho de la fingida reserva de todos, había obtenido su mentira, y cómo, por imperativo caprichoso de la muchedumbre, en el pacífico ricachón de antaño, dedicado a los lisos placeres de la familia, del dominó y de la pesca, surgía ahora, cual de una caja de sorpresa, una personalidad andariega, belicosa, prudente, seductora, colmada, en fin, de interés teatral. Esta observación halagaba sus pueriles y romancescos humos de exotismo, y le inspiró una preocupación que, por lo constante, fue origen, a su vez, de un gesto reservado que bien pudiera ser, pensaba el público, el de un remordimiento.
Este ademán taciturno, tan cómico como su falsa afición al ajenjo o aquel postizo acento francés con que cinco años antes regresó de París, era una especie de traje que el héroe de la Grande Jatte se endosaba diariamente al salir a la calle. Realmente no hubiera podido adoptar otra actitud. Sus conterráneos habían empezado a dedicarle ese cariño dispensador de los padres hacia el hijo calavera que no quiso aprender carrera ni oficio, pero en quien reconocen las gallardías de un buen entendimiento y de una hermosa apostura física; les halagaba que de aquel noble predio manchego hubiese surgido, siquiera fuese merced a la intervención poco romántica de la lotería, la figura de un varón complicado, tracista y galán como un caballero Casanova, que hubiera viajado por el extranjero y seducido a una hermosura italiana y vencido en temerario desafío a un gigante holandés. De consiguiente, al agraciado por tan difíciles prestigios no le quedaba otro recurso que mantener «su papel», vivir su mentira, aquella mentira lanzada entre el exaltado aturdimiento de dos sorbos de coñac, y a cuya rápida divulgación sirvió de coadjutora la voz de todo un pueblo. Este le había dicho:
«Toma tu cruz de héroe, la más pesada de todas, y sigue».
Y don Higinio se cruzó de brazos: él sería héroe, como Dieguito, el sobrino de su amigo Arribas, sería siempre un pillo; porque así lo había decretado la opinión ajena...
Para mejorar la disposición interior de su espíritu y no aparecer demasiado ridículo ante las miradas fiscales de su propia conciencia, no le faltarían razones. En primer lugar, era seguro que doña Emilia no sabría aquello, pues constantemente y para bien del individuo, el rumor de sus pequeñas ridiculeces o no llega nunca a conocimiento de su familia o llega muy tarde; y en segundo término, y a este asidero agarrábase principalmente la vanidad del héroe, nadie podría demostrarle que hubiese mentido. Las figuras y lugares que su fácil imaginación y novelesca facundia utilizaron en la erección de la leyenda existían: la italiana del hotel de los Alpes no le había amado, pero pudo amarle; como el holandés, que en aquellos momentos gozaría seguramente de perfecta salud, era innegable que hubiera podido morir a sus manos. Tales suposiciones, aun dentro de la lógica más estricta, siempre representaban un argumento. Además, la generosa casualidad le favorecía. La víctima que fue a elegir era la de un hombre cuyo cadáver halló la policía en una isla del Sena y no pudo ser identificado; él conservaba varios periódicos que lo decían así, y de los cuales se acordó en el caliente flujo de su improvisación. Esto constituía para don Higinio un argumento Aquiles, porque de darle la desgobernada y suicida ventolera de confesarse públicamente autor de aquel viejo crimen olvidado, y constituirse prisionero so pretexto de acallar remordimientos de conciencia, ¿qué tribunal le hubiera recusado?... Únicamente podía comprometer la certidumbre de su relato la bala del holandés, que él dijo llevar incrustada en la décima vértebra; pero, si nadie podía probarle que no la tuviese allí, ¿qué importaba?...
Discurriendo así consiguió serenar todos sus escrúpulos. El delicioso matón de la isla de la Grande Jatte, por lo mismo que sus convecinos eran unos incorregibles y redomados embusteros, abominaba de la mentira, aunque este odio se parecía a la misoginia de muchos viejos moralistas, que reniegan de las enaguas precisamente porque de jóvenes no supieron descoserse de ellas. La mentira, según don Higinio, constituye uno de los pródromos, síntomas, o matices más graves de la patología social; ella retarda el avance de la ciencia, desorbita con invenciones grotescas la inspiración de los artistas jóvenes y envenena la existencia familiar: la mentira es el robo, el disimulo, la calumnia, la cobardía, la ostentación ruinosa, el adulterio; la mujer, huyendo del castigo del hombre, se acoge a la mentira.
Hay mentiras inocentes que jamás perjudican a tercera persona, como la del asesinato del holandés, y, en general, las de cuantos buenos conversadores, cultivadores felices del jardín del embuste, piden a la imaginación la amenidad ágil y la gracia que la realidad no tiene. Pero desdichadamente la mayoría de los hombres que incurren en delito de impostura no es por devoción estética o prurito de decir algo bello que frívolamente eduque o distraiga, sino por dañar los intereses o emporcar el honor de alguna persona.
La psicología de la mentira es interesantísima. A los que podrían calificarse de «profesionales» de la patraña, esta llega a dominarles tan sostenida y acabadamente que les impone una segunda personalidad, por cuanto muchos médicos les colocan en el número de los anormales. Hay, efectivamente, quien de buena fe se cree héroe y se atribuye majezas de Bayardo; o un terrible seductor más recuestado por las damas que Lovelace; o un rival dichoso de Magallanes en materia de viajes. También abundan los que gustan de mostrarse atrafagados en difíciles maquinaciones económicas. Generalmente, la mentira, cuando no proviene de la timidez, es una hiperestesia, «un producto» de la imaginación, la gran arisca vestida de colorines y cascabeles, empeñada perpetuamente en corregir la vulgaridad social.