Existe, además, otra mentira que no se deriva del miedo ni de la fantasía, sino del cálculo; superchería que no es exaltación o alboroto romántico del carácter, mas sí represión, disimulo o empequeñecimiento del mismo. La mentira de la imaginación hincha lo más sencillo; la razonada, como su madre la hipocresía, tiende, por el contrario, a cepillar o reducir cuanto haya de saliente en el individuo; aquella, «multiplica»; la segunda, «resta»; y de ambas, evidentemente, esta es peor, porque su humildad inspira confianza: suele ser la mentira favorita de los inferiores, de los criados, de los niños. También es la más frecuente: su anguilada suavidad, su color gris, tan de acuerdo con la mediocridad colectiva, su respeto incondicional a lo instituido, su miedo lacayuno a las costumbres, equivalen a un uniforme. ¿Cómo diferenciar entre la bondad verdadera y la fingida o pegadiza? ¿Cómo saber quién es noble «por dentro» y quién muestra hidalguía accidentalmente y de paso?... En los espíritus caballerescos la decencia constituye algo sustantivo, rígido, muy incómodo, ciertamente, de llevar; en los solapados y rufianes, es una librea. Las apariencias, sin embargo, no varían: entonces, ¿cómo distinguir cuándo la honradez y la sinceridad son «trapo» y cuándo «piel»?...
Amén de la timidez y de la imaginación, los manantiales mentirosos más abundantes son la vanidad, el orgullo y la envidia. Lo que esta inventa, cae inmediatamente bajo la égida amparadora del amor propio, y el orgullo y la vanidad lo mantienen ante la opinión, aun a riesgo de grandes sacrificios. También se miente por misericordia.
En los hombres de espíritu cultivado, como don Higinio Perea, y capaces de realizar complicadas síntesis mentales, las mentiras se alambican y esclarecen difícilmente, pues se afianzan al espíritu que las produce con numerosas raíces. El héroe de la Grande Jatte, aunque nunca había mentido, propendía a la mentira acaso por culpa del medio donde naciera, demasiado pequeño para su actividad, o tal vez porque envidiase la plenitud de vida que rebosan las biografías de los varones trotatierras y fuertes y quisiera igualarles. La sociedad lugareña que le circundaba, mundo tranquilo donde la desocupación servía de maravilloso abono a la murmuración y a la calumnia, le invitó al engaño y él mintió por el único pueril antojo de obtener durante el breve espacio de una tarde, el elogio envidioso de sus amigos más íntimos. Cuestión de vaya y pasatiempo. Pero como la seriedad de sus palabras y acciones fuese proverbial, su invención obtuvo resonancia estupenda, y rebasando los límites de Serranillas traspuso las márgenes verdes del Guadamil y levantó en Almodóvar del Campo un clamoreo admirativo.
Ante aquella inesperada realidad don Higinio, a la vez asustado y satisfecho, concluyó, tras detenido examen de conciencia, por encogerse de hombros. ¿Qué inmoralidad hay en el embuste que sin lastimar a nadie mejora a quien lo dice, y a todos por igual regocija y divierte?... Los agiotistas, los conquistadores, son hombres de voluntad que cultivan la acción; la quietud reflexiva pertenece a los artistas, a los sabios. Perea sintiose ligado a los individuos de este último grupo por cierta comunidad espiritual. ¡Su mentira, aquella mentira donde su destino parecía haber encarnado!... ¿Por qué no imponerla al vulgo como se impone una obra de arte? Don Quijote y Fausto carecen de realidad histórica, no vivieron jamás, y, sin embargo, ¿no es cierto que existen los dos?...
Aquel día, muy temprano, los vecinos de la plaza vieron pasar a don Higinio cargado con todos sus pertrechos de pesca: las cañas al hombro como lanzones, su sillita de campaña a la espalda, y colgados sobre el brazo izquierdo el cesto de la merienda y el voluminoso paraguas de algodón negro guarnecido por una franja morada. Vestía traje de pana color vino, y llevaba echado hacia la nuca un amplio sombrero de fieltro gris. Caminaba de prisa, jaque, rechoncho, peludo y alegre, bajo la claridad plomiza de la mañana. Al enfrontar una calleja que por entre bardales y pobrísimas viviendas de mineros desembocaba en el ejido, saludó a don Gregorio.
—¡Bien madrugamos! —gritó Perea.
Hernández llevaba puestas sus polainas de cazador y un chubasquero que le cubría hasta cerca de los pies.
—Vuelvo de ver a Tocinico.
—¿Sigue mejor?
—Creo no llegue a la noche; si no reacciona...