Se habían detenido y hablaban de acera a acera, con familiaridad pueblerina. El brusco vozarrón de don Gregorio retumbaba en el silencio ecoico del callejón desempedrado, pendiente y vacío.

—¿Cómo sale usted a pescar en un día así?

—¿Qué le sucede al día?

Miró al espacio: el cariz del cielo, efectivamente, era intranquilizador. Soplaba un poniente frescachón que anunciaba lluvia. El médico extendió un brazo.

—Debía usted saber que cuando aquellos picos no se ven claros, en Serranillas llueve siempre.

—Es verdad.

—Y para el hombre que ha abusado de la vida como usted y lleva en su cuerpo lo que usted tiene la desgracia de llevar en el suyo, los cambios barométricos son fatales. Eso está al alcance de un niño; pero usted, por lo visto, no se quiere bien.

Desdeñoso y heroico, el amante de Leopoldina se alzó de hombros. Sí, ya comprendía a qué aludía don Gregorio: a la bala del holandés... ¡Bah!... ¡Buena cosa le importaba a él la bala!...

—La humedad es un veneno terrible para las heridas viejas —agregó Hernández.

Campechanamente, levantando el brazo derecho con el gesto alegre del hombre que tira su sombrero al aire, don Higinio repuso: