—¡Historias, don Gregorio! ¡No haga usted caso!... ¿Quién se acuerda de esas antiguallas?...

Y siguió adelante. El médico exclamó, como si le tirase una piedra:

—¿Antiguallas? ¡Bueno! ¡Las locuras se pagan!...

Perea se alejaba sin mirarle y haciendo signos negativos con la cabeza.

—¿Que no se pagan?... ¡Dentro de algunos años me lo dirá usted!

A su vez, don Gregorio reanudó su camino. Una gota de agua acababa de caerle en la nariz y miró al cielo. ¡Marcharse a pescar con un tiempo como aquel! Decididamente don Higinio no tenía miedo a nada... Cuando llegó a su casa, su mujer le preguntó:

—¿Has visto a Perea?

—Ahora mismo, en el callejón. ¿Por qué?

—¡Nada! Por aquí pasó muy tieso, con un traje de pana flamante y un sombrero gris. Cada día está más joven.

Hernández se echó a reír.