—¡Bueno traerá a la noche el trajecito, con lo que va a llover!...
Don Higinio encontró crecida y más rápida que de ordinario la corriente del Guadamil, señal inequívoca de haber llovido la víspera en la sierra. Esto le obligó a caminar un buen trecho, remontando el curso del río hasta dar con un vado por el que pasó sin apenas mojarse los pies a la otra orilla, donde había hondonadas y quebrajas hospitalarias perfectamente defendidas del aire. Aún anduvo otro medio kilómetro buscando cierto paraje pedregoso llamado Hoyo Grande, al cual en los días ventosos y nublados los barbos y las sabrosas truchas acudían en mayor cantidad; y una vez allí, preparó las cañas, encebó los anzuelos y clavó en la tierra una estaca, a la que ató sólidamente su paraguas abierto, formando así una especie de minúscula tienda de campaña bajo la cual se instaló. Después encendió su pipa, una gran pipa marinera, recuerdo de París, y aguardó.
Durante la primera hora cayeron algunas gotas de lluvia; pero el viento, que debía de ser fuerte, barrió las nubes hacia levante, esclareciose el cielo y hubo momentos en que pareció asomarse el sol; pero de muevo el espacio se cubrió y muy lejos, al otro lado de la sierra, tal vez, se oyó rodar un trueno. Una fuerte claridad lechosa inundó el paisaje. El aire olía a tierra mojada y sobre los crecidos herbazales corrió un raro estremecimiento verde. Como las ráfagas del cierzo soplaban muy altas, cendales sutiles de bruma iban oscureciendo el cauce del río, cuyas ondas adquirían la muerta coloración de la ceniza. El silencio, ese silencio absoluto, quietud de letargo, de la niebla, ahogaba todos los ecos serrinos. Don Higinio se acordó de que una mañana así fue la elegida por él para deshacerse del temible holandés del hotel de los Alpes, y pensando en los buenos consejos de don Gregorio a propósito de la malsana influencia de la humedad en la cicatrización de las heridas antiguas, se echó a reír con un cinismo del que debió ruborizarse un poco su conciencia.
Encendió otra pipa, y para neutralizar los efectos del frío, que empezaba a entumecerle las rodillas, sacó del cesto de las vituallas el frasco de la ginebra y trasegó algunos sorbos largos. Desde el sitio donde se hallaba, bajo y rodeado de ribazos arbolados y fragosos, el horizonte que exploraban sus ojos era limitadísimo. Nada se veía del pueblo, distante ocho o nueve kilómetros, ni del campo en que estaban las minas. Solo se divisaban las márgenes del Guadamil, que escapaban en pendientes ariscas hacia la sierra, y mucho más allá, la dentada crestería, semejante a airones basálticos, de los montes que cerraban el valle. Con ser tan reducido el panorama, la brumazón, por momentos, iba acortándolo; densas masas de vapores plomizos engrudaban el espacio, y la claridad diurna aumentaba su livor de agonía. En la oscuridad creciente, los contornos se borraban: los árboles parecían diluirse sobre el vasto fondo fuliginoso del suelo; el fastigio de los altos cerros concluyó por mezclarse a las nubes que los cubrían y desvanecerse en ellas, y de este modo, cielo y tierra se aunaron y perdieron tras la misma homogeneidad gris. Mientras el caudal del Guadamil, engrosado por el aguacero que probablemente desde hacía horas estaba cayendo en la sierra, aumentó tanto que Perea necesitó trasladarse a un sitio más alto. Su optimismo, empero, no claudicaba, y a mediodía almorzó reciamente, así por exigencias del estómago, como por la satisfacción de las tres libras de buen pescado que llevaba cobradas. ¡Bah! En total, aquel mal tiempo reducíase a cuatro gotas y a un poco de humedad.
Acabando estaba de preparar el café cuando empezó a llover tan furiosamente que en pocos minutos, y a despecho del paraguas, sintiose calado y remojado igual que si le hubiesen echado de cabeza al río. Al pronto creyó que se trataba de una grupada de corta duración, pues la misma violencia del chaparrón parecía señalarlo así, y confiado en ello, sin detenerse a recoger sus enseres de pesca, huyó pendiente arriba a refugiarse en una concavidad del terreno, una especie de casilicio que apenas le abrigaba los hombros. Desde su refugio, el paladín de la Grande Jatte observaba la melancolía de su paraguas inútil, chorreando agua, y de sus cañas que dejó suspendidas sobre la corriente del río, y la idea de que a su engaño hubiesen acudido más peces hacíale sufrir.
Transcurría el tiempo y el aguacero no amainaba, y como la tierra iba empapándose por instantes, la rústica hornacina que a Perea servía de escondite comenzó a rezumarse de modo que antes le mojaba que le cubría. Don Higinio empezó a inquietarse; para un reumático hereditario como él, aquellas humedades podían ser fatales. Hernández tenía razón: marcharse a pescar tan lejos en un día así, era una locura.
Caía la lluvia tan compacta que los retamales comenzaron a doblarse bajo ella, y su caudal componía hilos que resbalaban brillantes sobre los troncos de los allozos y de los pinos. Las aguas del Guadamil habían adquirido sonoridades y garrulerías de amenaza; su curso era más violento; rodaban sus ondas, oscurecidas por el tiznado dosel de las nubes, en remolinos espumeantes y al chocar contra los peñascales y raíces que dentaban las márgenes, saltaban destrizadas y convulsas. Recalado, los pies fríos y doloridos, el sombrero metido hasta el cogote, don Higinio se alentaba las manos para calentárselas. Estaba asustado. Desde el legendario diluvio que puso a flote el arca de Noé, no era verosímil que en tierras de la Mancha hubiese llovido nunca así. No sabía qué hacer y ni siquiera la distracción de fumar le quedaba, pues con la humedad el tabaco no ardía. Tuvo que guardarse la corbata en el bolsillo; el cuello de su camisa había perdido la tiesura del almidón y convertídose en un tirajo viscoso, frío, que le causaba la impresión de llevar un reptil enroscado al cuello.
La niebla de las primeras horas matutinas se había resuelto en agua pacíficamente; pero a media tarde cambió la expresión del cielo, y la que hasta allí fue lluvia susurradora, con el favor del viento hízose tempestad. El ciclón, improvisado al otro lado de la sierra, iba a pasar sobre el valle de Serranillas con iracundo aletazo. Sopló fragorosa una ráfaga que disciplinó los árboles y arrancó de los alcores rocosos gemebundeos de agorería y espanto; un relámpago cabrioló en el espacio, y su luz apocalíptica iluminó hasta los rincones profundos del bosque; el trueno tableteó rebotando de montaña en montaña. Flagelada por el huracán, la lluvia embestía rabiosamente contra la hornacina de don Higinio y el viento, revolviéndose sibilante entre aquellas hondonadas, recogía las hojas caídas y levantándolas a considerable altura las dispersaba por el aire; en cada arista, en cada hendidura del monte, su violencia producía alaridos bárbaros. Obedeciendo a una costumbre infantil, Perea se signó; jamás su cumplida experiencia de hombre rústico había visto espectáculo igual. De pronto sus cañas, su sillita de campo y su paraguas, arrebatados por el coraje de los elementos, cayeron al río. Instintivamente don Higinio corrió tras ellos para recobrarlos; mas su diligencia fue inútil, pues la corriente era muy rápida y hubiera sido temerario meterse en ella. El paraguas, especialmente, hinchado de aire, huía rápido, voltejeando como un animal de quimera sobre las ondas gruñidoras del Guadamil.
Ante este desastre, el esforzado galán de la italiana del hotel de los Alpes solo pensó en la huida. Pero, ¿cómo volver al pueblo si para ello necesitaba repasar el río y con la riada no habría manera de vadearlo?... Don Higinio quiso saber la hora para ceñir a ella sus planes de retirada, y hasta este auxilio le faltó, porque su reloj se había parado en la una y cinco. El bizarro manchego apretó las puños y dardeó contra el cielo una mirada simoníaca. ¡Sin tabaco, sin reloj, calado hasta los huesos como un náufrago!... ¡Ah! ¿No es cierto que hay trances en que todo cuanto nos rodea, tierra y espacio, árboles, piedras, nubes, montañas, parecen burlarse de nosotros?
Alicaído recogió el cesto de sus provisiones, único objeto que por su pesantez y volumen exiguo no cayó al río, y echó a andar, indiferente, bajo el aguacero. El camino era ingrato, por lo resbaladizo unas veces, otras por encharcado y blanduzco. Después de recorrer tres kilómetros don Higinio hallose rendido y necesitó sentarse: sus botas, embarradas, parecían las de un gigante y pesaban de modo que se agarraban al suelo como raíces; su traje de pana, aquel flamante traje avinado en que doña Lucía detuvo una mirada furtiva, ahora agarrotaba sus movimientos y gravitaba sobre sus lomos cual una armadura. La lluvia caía siempre y el errante, los ojos apagados, la boca entreabierta, sentía correr por su espalda su caricia helada. Transcurridos unos momentos, prosiguió su camino.