Anochecía cuando llegó a la hoya temible del Jabalí. En aquel paraje, erizado de peñascos hostiles, el Guadamil se encrespaba y tenía fosquedades urañas de torrente. Los ojos azules y bondadosos de Perea registraban la orilla.

—¡Si mi paraguas se hubiese detenido aquí! —pensaba.

Siguió adelante, acuciado por el temor de que la noche le sorprendiese. En realidad no sabía qué hacer: la crecida había inutilizado seguramente todos los puntos vadeables del río, y aunque él estaba cierto de conocerlos palmo a palmo, comprendía el peligro de meterse en el agua sin saber nadar y confiando su salud a piedras movedizas que el ímpetu de la corriente acaso arrancó y trasladó a otros sitios. La lluvia había cesado, apaciguose el viento y en el espacio mudo, inexpresivo, como fatigado por la tormenta que pasó sobre él, los árboles se erguían inmóviles y brillantes. Pocos kilómetros más allá, en la oscuridad nocherniega, llena para los caminantes de hostilidad y zozobras, el campeón de la Grande Jatte vio brillar dos de las esferas del reloj de la iglesia, lo que le reanimó con la emoción de una subidísima alegría.

—Cuando el reloj está encendido —pensó— es que son las seis.

Y reanudó su marcha, siempre con cuidado, porque el Guadamil al echar fuera el pecho había arriado muchos parajes que horas antes estaban enjutos.

Entretanto, la ausencia inexplicable de don Higinio había convertido su hogar en una sucursal o abreviado remedo de aquel «valle de lágrimas» de que hablan las Escrituras. Por la mañana, apenas empezó a llover, doña Emilia fue al armario a cerciorarse de si estaba allí el impermeable de su marido, y como lo viese se contrarió muchísimo. Era uno de esos caracteres dominadores y vehementes, en los que todos los sentimientos, hasta el del amor, tienen un gesto de cólera.

—¡Se ha empeñado en no ponerse el impermeable —refunfuñó—; milagro será que no vuelva con un enfriamiento!

Su hermana Teresita, buena y sorda, con una sordera creciente que añadía a la natural expresión amable de su rostro una dulzura nueva, procuró tranquilizarla.

—No te apures, mujer; no se trata de un niño; a la hora de almorzar, seguramente, le tenemos aquí.

Los largos ojos árabes de doña Emilia resplandecieron rencorosos.