—¡Parece mentira que no le conozcas! ¡Él, volver!... Pero, ¿no sabemos que en viendo una caña de pescar se vuelve loco?...

Según transcurrían las horas la nerviosidad de la excelente señora iba en aumento: todo influía sobre ella insanamente; de una parte, la ausencia de don Higinio; de otra, la atmósfera saturada de electricidad. Sus manos temblaban. Fue a la cocina y rompió varios platos; intentó coser y se pinchó los dedos. Un presentimiento aciago la traspasó el pecho; llamó a su hermana.

—Creo que va a sucedernos una desgracia; acabo de sentir un calofrío muy raro, como si algo me hubiese rozado la nuca.

Teresita no oyó bien.

—¿Cómo?

Arrepentida de sus palabras doña Emilia no quiso contestar; estaba irritadísima, con esa mortificación de vanidad que produce la conciencia de haber dicho una tontería.

Llegó la hora de almorzar y don Higinio no apareció. Doña Emilia apenas pudo catar bocado; sucesivamente poníase roja, blanca; nunca la había oprimido el corsé tanto como entonces. Sus hijos comieron perfectamente, pero hablaban de buscar al padre.

—Iré yo solo —dijo Anselmo.

El futuro jurisconsulto tenía el orgullo de sus dieciséis años y de sus músculos, endurecidos por dos cursos de gimnasia.

Joaquinito quería acompañarle, y el primogénito le humilló echándole en rostro su poca edad.