—Tú eres muy pequeño todavía.
Y luego:
—¡A callar, mocoso!...
No estando allí su padre, Anselmo creíase obligado a asumir las responsabilidades y derechos del cabeza de familia. Joaquinito, furioso, amenazó a su hermano con un cuchillo de postre, que luego clavó sañudamente en un pastel de crema y cabello de ángel. Carmencita callaba, pensando que ella era ya una mujercita y que cuando hace mal tiempo las señoras distinguidas no salen de casa. Doña Emilia terminó la discusión.
—¡Aquí no se hace nada que yo no disponga! Ya lo sabéis. Y si alguno me desobedece se acordará del día de hoy.
Dejó la mesa y comenzó a pasear de un lado a otro; a cada momento iba a la calle, bajo el aguacero, con esperanza de ver llegar a Perea, y sus cabellos, al desrizarse con la humedad, invadían plañideros la frente y daban al rostro una expresión dramática. Teresita, sorda y dulce, arrastrada inconscientemente por la inquietud y dolor de su hermana, caminaba tras ella.
A media tarde, al resonar aquel formidable trueno que tanto empavoreció a don Higinio y le obligó a signarse, su mujer dio un grito y fue a ponerse de hinojos ante una imagen pequeñita de Nuestra Señora del Refugio que tenía en su dormitorio entre velas azules y flores de trapo. Allí permaneció dilatado rato, los llorosos y suplicantes ojos vueltos hacia arriba, los brazos abiertos. Teresita, que la había seguido, también se arrodilló; luego, absorta y como desvanecida en el fervor de su místico recogimiento, hundió la barbilla en el pecho y buscó actitud más cómoda sentándose sobre los talones. Fuera rugía la tormenta, y a intervalos el deslumbrante zigzagueo de los relámpagos inflamaba la habitación. Anselmo se asomó a la puerta; aquella escena le interesaba sin entristecerle; en Ciudad Real recordaba haber visto una zarzuela que se desenvolvía a orillas del mar y cuyo primer acto terminaba con un cuadro así.
Dieron las tres, las cuatro... y la tormenta, al alejarse, parecía dejar tras sí un indefinible latido de desolación y tragedia que doña Emilia no pudo resistir.
—Me voy —declaró.
Iba a casa del médico; necesitaba ver gente, hablar con doña Lucía, desahogar su inquietud de algún modo. Tal vez Perea, de regreso de su malhadada excursión, se hubiese detenido allí... No quiso incomodarse en ceñirse el corsé; vistiose un abrigo encima de la bata que llevaba puesta, se rodeó al cuello una bufanda y salió a la calle.