Apenas había doblado la esquina, Anselmo y Joaquinito se aliaron.
—¿Buscamos a papá? —propuso el mayor.
—Vamos.
Cogieron sus boinas y se encaminaron al portal. Teresita, secundada por Carmen, intentó detenerles; pero su bondadoso prestigio no alcanzaba a tanto.
—Volvemos pronto —dijeron.
Y escaparon en dirección al río. Iban corriendo. En el fondo de aquel amor al padre había un juvenil deseo de libertad, de campo; un prurito ardiente de zapatear sobre la hierba húmeda...
Doña Emilia llegó a casa del médico tan demudada y diferente a sí misma, que la señora de Hernández se asustó.
—¿Qué tienes?... ¿Ocurre alguna desgracia?
Sin saber por qué, doña Emilia preguntó por don Gregorio.
—Ha salido, pero si le precisas irán a buscarle; está en el Casino.