Doña Emilia hizo un signo negativo y para serenarse pidió agua. Lo que ella necesitaba saber era el paradero de su marido; tenía el presentimiento de que le había sucedido un percance; en la sierra debía de haber llovido horrorosamente y el Guadamil, sin duda, arrastraba mucha agua; quizás Higinio intentó vadearlo y como la corriente sería muy fuerte y él no sabía nadar...

La esposa de Hernández procuró tranquilizarla.

—Gregorio le saludó esta mañana y hablaron un momento.

—¿A qué hora?

—Temprano. Yo también le vi: iba muy currutaco con su sombrero gris y su traje nuevo de pana.

—¿Te dijo algo?...

—No me vio. A tu marido le sucede con su caña de pescar lo que al mío con su escopeta. Gregorio cuando va de caza no conoce a nadie.

Observaba a su amiga de un modo extraño, acariciador, lleno de piedad; se acordaba del duelo entre don Higinio y el holandés, que su esposo la refirió cierta noche de sobremesa y bajo secreto de confesión. ¡No!... ¡Ella nada diría; lo había jurado!... Además, ¿para qué darla celos con la hermosa Leopoldina?... Sin embargo, de saber Emilia quién era Perea, el verdadero Perea, aquel hombre terrible que no temía a la muerte y del cual ella solo conocía el aspecto casero, risueño y metódico, su dolor en aquellos momentos seguramente no sería tan hondo. Emilia se angustiaba porque, a su juicio, su esposo era un niño, una especie de hijo mayor... ¡Ya, ya!... Eso parecía con su aire mansito, y luego resultó lo que ya sabía todo el pueblo...

Doña Emilia creyó ver en los ojos de su amiga una expresión desacostumbrada de cariño, de misericordia...

—¿Por qué me miras así?