—¿Cómo, tonta?
—Con esa cara... ¿Es que sabes algo... algo malo, y no quieres decírmelo?...
Se levantó impetuosa y trabando a la señora de Hernández por los hombros la registró largamente y de hito en hito las pupilas.
—¿No me ocultas nada?...
Doña Lucía se mordió los labios.
—¿Por qué preguntas eso? Bástete saber que a tu marido no le sucede ninguna desgracia.
—¿Lo sabes tú?... ¿Y cómo?
Doña Lucía titubeaba; sus deseos de hablar eran irresistibles; algo físico; una especie de cosquilleo lingual.
—Porque Higinio —dijo— no es lo que supones, ¿comprendes?... Vives a su lado hace dieciocho o diecinueve años y le conoces menos que yo. Higinio, para que te enteres, no es de los hombres que, como dice el vulgo, «se ahogan en poca agua»; de consiguiente, vive tranquila. Higinio vendrá luego o mañana..., y le verás llegar sano y salvo. Tu marido es valiente y sabe guardarse.
Calló unos instantes, durante los cuales su honrada reserva y su indiscreto deseo de proclamar el heroísmo de don Higinio lucharon a brazo partido. Al cabo, añadió gravemente: